Roberto iba en bici a la escuela con su hermano Pablo. A la menor pendiente lo dejaba tirado. “Puedo ser bueno, quiero ser ciclista”, pensó. Lo consiguió. Luego montó un equipo, al tiempo que su hermano se convertía en el narco más poderoso de América

La meta en Medellín es un infierno. Ríos de fango corren como si el mundo estuviera cerca de acabarse, lluvia torrencial cae con fuerza de un cielo que parece haber abierto sus tripas. Lo que era carretera se convirtió en camino, y lo que fue camino es ahora légamo oscuro. Y allá llegan ellos, poco a poco, los pedalistas, los pobres desgraciados que mastican tierra y agua y saliva y lágrimas. Uno de los primeros está completamente cubierto de barro, no se distingue piel, maillot, rostro. El locutor grita, “ese que acaba de llegar está irreconocible, completamente marrón, parece un osito”. Y con Osito se quedó, para siempre.

Ah, aquel ciclista se llamaba Roberto Escobar Gaviria.

Los años ochenta fueron una década difícil para Colombia. Una en la que la realidad social estaba marcada por el narcotráfico, la violencia, asesinatos, tópicos, drama. Y, en medio de todo, la figura de Pablo Escobar Gaviria, ese que ahora es icono metaficcional para muchos. El gran narco.

LOS OCHENTA ESTUVIERON MARCADOS EN COLOMBIA POR EL NARCOTRÁFICO, LA VIOLENCIA. ASESINATOS, TÓPICOS, DRAMA. Y, EN MEDIO DE TODO, PABLO ESCOBAR GAVIRIA

Roberto tiene diez años, Pablo ocho. Están en el Alto de Minas, uno de los colosos míticos de Colombia, una escalada monstruosa, inacabable, que culmina a casi 2500 metros. Ellos no han llegado arriba, entre otras cosas porque solo llevan una bicicleta, y el hermano pequeño ha subido el puerto encaramado en el manillar de la misma, mientras Roberto hacía todo el esfuerzo. Allí, en una curva, se disponen a esperar el paso de los ciclistas. Es la segunda y última etapa de la Clásica El Colombiano, una prueba menor que une las localidad de Medellín y La Pintada, ida y vuelta, en sendas jornadas. Aquella edición, la tercera, tiene un atractivo especial, que se llama Fausto Coppi y llega de más allá del Atlántico. Pero en enero de 1958 Coppi ya no es el gran Campionissimo, y no puede resistir el empuje del ídolo local, Ramón Hoyos, que destroza a los europeos –Hugo Koblet también fue de la partida– subiendo Minas. Perdidos en los interminables recovecos de aquel alto ciclópeo, a muchos minutos del pedalear esforzado, antiestético, de Hoyos, Coppi y Koblet abandonan. Los hermanos Escobar ven a su ídolo, Ramón el antioqueño, destrozar a los mitos vivientes. Sus ojos centellean. “Seré ciclista”, dice el mayor. El pequeño calla, silencioso.

Años después ambos siguen acudiendo a ver competiciones ciclistas en directo. Pero será de otra forma. Ya no suben en bicicleta, sino en “chivas”, una especie de jeeps modificados con amplios sillones, bar privado y todas las comodidades. También, claro, cristales tintados. Y guardaespaldas, muchos. Esas “chivas” aparcan en las cuestas más duras de la Vuelta a Colombia y los dos hermanos sonríen, disfrutan del esfuerzo de los “escarabajos”, vuelven a ser, por un instante, niños ilusionados. Lo hacen de incógnito, rodeados de seguridad, con todos los lujos del mundo pero sin poder salir a respirar el aire puro de los puertos. Son los años ochenta y Pablo Escobar es el gran patrón del Cártel de Medellín.

Con todo, hablábamos de Roberto, a quien un locutor llamó Osito, y con Osito se quedó, también para la policía de medio mundo. Pero aún no hemos llegado allí.

Roberto se aficionó a la bici cuando iba al colegio. Horas caminando, mucho menos sobre su máquina, para llegar a la escuela. Al principio cargando con el hermano pequeño, Pablo, en el manillar. Luego los dos codo con codo, cada uno en su bicicleta. Pero Roberto tenía que esperarlo, a la menor pendiente lo dejaba tirado casi sin querer. “Puedo ser bueno”, pensó. “Quiero ser ciclista”, anheló.

ROBERTO EMPEZÓ A CORRER EN COMPETICIONES, MIENTRAS PABLO COMIENZA A ROBAR LÁPIDAS. A SU RETIRADA, ABRE UN TALLER Y FÁBRICA DE BICICLETAS, CON EL DINERO DE PABLO DETRÁS DE LA INVERSIÓN

Así que comenzó a correr en competiciones, mientras Pablo comienza a robar lápidas de los cementerios para revenderlas después. Roberto es patrocinado primero por Droguerías Aliadas, más tarde por la tienda de electrónica Mora Hermanos. Y empieza a ganar carreras, es deportista fuerte, potente, destaca allá donde va. En 1965 gana la medalla de oro de los Juegos Bolivarianos de ciclismo en ruta, celebrados en Guayaquil. Al menos eso es lo que cuenta su historia oficial, mil veces repetida en artículos y libros, pese a que en el palmarés de la prueba no consta como tal, y consultando la prensa colombiana de la época veremos que el vencedor fue Severo Hernández. Segundo y tercero, también colombianos, Alfonso Galvis y Álvaro Pachón. En pista vence Martín Emilio “Cochise” Rodríguez. Así que el mito, en mito queda… Pero aún podando las invenciones de su biografía sí podemos afirmar que es hombre importante, con buenas participaciones en la Vuelta al Oriente o la Vuelta al Táchira. Según los datos oficiales llegó a conseguir 37 victorias como ciclista. Aunque, a estas alturas, como para creer los datos…

A comienzos de los setenta, Osito sigue colaborando con el mundo del ciclismo como entrenador de equipos y selecciones antioqueñas. En 1975, en Manizales, abre un taller y fábrica de bicicletas que se llamará “Ositto”, con una doble “t” italianizante que ennoblecía el apodo. Parece que el dinero de Pablo estaba detrás de esta inversión, gracias a la cual podía limpiar grandes sumas. Porque “Ositto” alcanza cierto renombre, se hace muy popular gracias a una publicidad que decía que las bicis Ositto tenían “más estrellas que la Monark” (la máquina más conocida y anhelada de Colombia en la época), y crece. Crece sin parar. Tanto que los hermanos dan otro salto: patrocinar un equipo ciclista.

En los maillots y los culottes se podrá leer, indistintamente, “Bicicletas Ositto” o “Pablo Escobar. Renovación Liberal”, el nombre de su partido político. Era una camisola roja con mangas negras. Al mando del conjunto estaría el propio Osito, que de aquellas parece que se dedicaba solo a las bicis, y Rubén Darío Gómez, técnico de gran prestigio en Colombia. El objetivo era claro: ser los mejores en Colombia y llegar a debutar en el Tour de Francia. Uno de sus corredores fue Gonzalo Marín, ciclista de gran clase que con “Ositto” no acabó de rendir como se esperaba. Años después, el 25 de abril de 1990, Gonzalo Marín fue brutalmente asesinado. Pronto saltaron a la prensa sus conexiones con el Cártel de Medellín. Pero esa es otra historia…

El caso es que “Ositto” no llegó nunca al Tour de Francia. Era un sueño destinado a no cumplirse. Pablo siguió ligado al mundo del ciclismo de forma muy estrecha. Ya había patrocinado el Clásico de Antioquía y más tarde se hizo construir un velódromo privado en Medellín, donde acudían, excelentemente pagados, ciclistas de renombre únicamente para solaz de los hermanos Escobar.

EN LOS MAILLOTS Y COULOTTES DEL EQUIPO DE ROBERTO SE PODÍA LEER, INDISTINTAMENTE, “BICICLETAS OSITTO” O “PABLO ESCOBAR. RENOVACIÓN LIBERAL”, EL NOMBRE DE SU PARTIDO POLÍTICO

Época dura. Juan Carlos Castillo fue detenido cuando iba a viajar hasta Madrid para defender los colores de su equipo, el Manzana Postobón, en la Vuelta a España de 1991. A Castillo le hallaron cuatro kilos de coca en su maleta. Dos años después sería asesinado. El mismo Alfonso Flórez, que ganó el Tour del Porvenir y era asiduo del velódromo de Escobar, también encontró un final violento, aunque su caso jamás fuera esclarecido y no se pueda ligar de forma automática al narcotráfico.

Las historias sobre ciclistas colombianos utilizados como mulas en los viajes transoceánicos eran frecuentes. Cuadros con tubos huecos rellenados con bolsas de polvo blanco, manillares que escondían auténticos tesoros, culottes con doble costura… Laurent Fignon llegó a decir que era bien sabido que “los escarabajos corren todos cargados de coca”, y en su autobiografía afirmó haber visto durante la disputa de un Clásico RCN en Colombia (la mayoría de las carreras, decía el parisino, estaban allí patrocinadas por narcos locales) maleteros llenos de farlopa, que corría como si no hubiera mañana… También escribió que durante la última etapa de la Vuelta de 1987 (donde, según sus palabras, el equipo de Herrera untó a los franceses para que no se movieran) el delirio era tan grande que se repartía coca “a diestro y siniestro, ¡paquetes enteros!”. Y no importaba que fuese o no verdad, quedaba la imagen, el icono. La caricatura.

A mediados de los años ochenta la vida de Osito tomó un camino muy diferente. Tras el asesinato por parte del Cártel de Medellín de Rodrigo Lara Bonilla, ministro colombiano de Justicia, el Estado puso sus ojos sobre el capo y sus relaciones. Según cuenta Roberto Escobar eso le “empujó” a entrar en el Cártel, donde llegará a ser hombre de confianza de Pablo. Y sobre esto hay diferentes opiniones, desde quien piensa que hablamos de la mano derecha del capo (unos dicen que encargado de logística, otros que jefe de los sicarios, los de más allá que manejaba las inversiones) hasta quienes piensan (y esta parece ser la opinión más extendida) que su labor era más de apoyo moral. Otorgar la sensación de una confianza ciega a Pablo Escobar en sus últimos años, aquellos en los que en nadie más pudo confiar. A eso se dedicaba Osito.

FIGNON LLEGÓ A DECIR QUE “LOS ESCARABAJOS CORREN TODOS CARGADOS DE COCA”, QUE EN UNA ETAPA SE REPARTÍAN PAQUETES ENTEROS. FUESE O NO VERDAD, QUEDABA LA IMAGEN. LA CARICATURA

De una forma u otra, acabó integrado en el Cártel, en mitad de las guerras que masacraron el país a finales de los ochenta. Roberto recordaba cómo pasó tres semanas caminando por la selva, llevando sendas bolsas con diez millones de pesos colombianos y cien mil dólares americanos en metálico. Y cómo, al final, se dio cuenta que allí no eran más que peso inservible, un olor penetrante por las noches cuando las usaba de almohada, una muestra de lo extraño y ridículo que es el ser humano. Los dólares los lanzó a un río. Los pesos, según sus propias palabras, se los dio a un campesino que les preparó comida caliente…

Roberto Escobar se entregó a la Justicia en 1991, dos años antes de la muerte de su hermano. El 21 de julio de 1992 se fugó de la Prisión de La Catedral con Pablo. Volvió a entregarse en octubre de ese mismo año, y en 1993 una carta bomba casi lo mata en la cárcel de Itagüí. Buena parte del resto de su condena la pasó en un hospital, con sendos policías militares en la puerta, vigilando. Hoy en día vive en libertad desde hace más de una década, y regenta una especie de Casa-Museo sobre Pablo Escobar en Medellín, integrada en un lisérgico “Pablo Escobar Tour”. Allí, entre cajones con doble fondo, coches a prueba de balas y bolsas para guardar dinero, reposa una bicicleta. La antigua bicicleta de Osito, aquella con la que los Escobar quisieron conquistar el ciclismo.

AUTOR:  Marcos Pereda

Fuente:  ctxt.es/