En América Latina existe una división de aguas impulsada por la izquierda para separar a los diferentes actores políticos. Este marco conceptual no analiza ideas ni proyectos, solamente separa a las personas entre buenas y malas. Entre las que tienen un compromiso social virtuoso y las que defienden los intereses de las empresas, el dinero y el egoísmo. Es decir los “neoliberales”.

No importa que el neoliberalismo no describa absolutamente nada, ni que se utilice para rotular a proyectos o personas que poco tienen en común. El latiguillo se usa hasta el hartazgo, muchas veces ante el silencio cómplice de la mayoría de los comunicadores que miran para otro lado intencionalmente, o que carecen de las herramientas teóricas para responder, cuando el populista de turno esboza sus acusaciones vacías y sin contenido.

No importa el colapso del mundo soviético, tampoco el nefasto régimen de Corea del Norte y sus amenazas nucleares. Ni siquiera el cambio de programa económico de China que hizo que la gente, por millones, literalmente, deje de morirse de hambre. Tampoco importa el drama de Venezuela y su dictadura que hace tiempo dejó de ser noticia por la hambruna del pueblo, para empezar a serlo por los asesinatos impulsados desde el mismo gobierno.

Para la izquierda en general, para sus políticos, periodistas, comunicadores y referentes, estamos viviendo en un mundo bipolar. De un lado están los buenos (a pesar de los desastres que generan en cada país donde se implementan sus ideas) y del otro están los malos, a los que hay que combatir en nombre del bien común.

Lo delirante de esta situación es que el papa, el jefe del Estado Vaticano, se guíe por estas premisas. No sólo en su fuero íntimo y en sus convicciones, sino también en su labor pastoral y profesional. El argentino Jorge Bergoglio, devenido en Francisco, recibe en audiencias oficiales y rechaza reuniones y destinos influenciado por su infantil y equivocado marco ideológico. Lamentablemente el jefe de la Iglesia católica está empapado en las ideas tercermundistas desde una perspectiva clásica de un peronista de hace medio siglo y no puede escapar de esto. Por más incómoda que sea esta situación es una realidad evidente. Ésto inclusive se comprueba no solamente con las audiencias que otorga y rechaza. Cada fotografía oficial muestra una sonrisa distendida o un ceño fruncido. El lector podrá corroborar que la postura del papa coincide con la opinión ideológica de Bergoglio sobre la persona con la que está compartiendo la foto.

Las ideas de Francisco tienen un punto en común importante con las que promueven los comunicadores de izquierda. A pesar de no haber una propuesta político económica concreta (cuando es momento de defender un modelo virtuoso aparecen todos los lugares comunes), a la hora de describir los programas que cuestionan, sí se observa una claridad conceptual más clara. La Encíclica “Laudato Si”, plagada de prejuicios izquierdistas dignos del siglo pasado, es una muestra de esto.

La reciente visita del papa argentino a Chile volvió a dejar en evidencia la parcialidad de Bergoglio a la hora de lidiar con sus interlocutores. Definitivamente Mauricio Macri y Sebastián Piñera no forman parte de sus dirigentes políticos preferidos, ya que en su concepción, al igual que en la de la izquierda infantil, pertenecen a ese vago universo denominado por el rótulo de “la derecha”.

En el caso del presidente argentino, Francisco, sobrevolando el territorio de su país de origen, decidió enviar un frío comunicado en inglés de dos líneas, donde envió sus saludos a sus compatriotas.

A pesar de que visitó otro país limítrofe, Bergoglio continúa esquivando, cada vez de forma más burda, a la Argentina. Francisco ya visitó veintiséis países, de los cuales ocho son de la región, entre ellos, cuatro de los cinco países limítrofes con su país, al que por ahora no visitará.

El desaire que le hizo al presidente electo de Chile, al que le rechazó dos pedidos de reunión con excusas protocolares, quedó documentado cuando Francisco se encontraba haciendo unos saludos protocolares. Sus gestos no dan lugar a equivocación. A los líderes que no forman parte del equipo de los “buenos”, el papa los desprecia públicamente. Sus sonrisas, más limitadas que sus rosarios benditos, son para los Maduro, Kirchner y Castro.

Más allá de su visión particular, que es válida y lógica que la tenga, el representante de la Iglesia católica debería tener una actitud más ecuánime a la hora de relacionarse con los distintos jefes de Estado. Si bien Jorge Bergoglio está en todo su derecho en mantener ideas fracasadas, que incluso contradicen sus propias intenciones (no hay motivo de dudar de ellas), no debería faltarle el respeto así a las personas que no comparten su cosmovisión, más que por estos personajes mismos, por los ciudadanos a los que representan. En el caso de Argentina y Chile, la mayoría de ellos católicos y miembros de su iglesia.

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