Ni la ficción, así sea en el espacio (en una galaxia muy, muy lejana) se salva de las demandas y caprichos de la corrección política de la actualidad.

Es así como Star Wars: The Last Jedi se convierte rápidamente en una película inmirable, de la cual rescato tres escenas, y se reduce básicamente a una tortura de dos horas y media que arruina una de las odiseas más entrañables del cine – y de la cual soy particularmente seguidora.

El motivo no es que aparentemente Star Wars ya no será la histórica saga de los Skywalker, ni que prácticamente las batallas a puro CGI han sustituido a los viejos y queridos enfrentamientos con lightsaber (sable de luz o láser en español) sino que Disney, corporación que ha sido víctima de todo tipo de ataques por parte del feminismo y el progresismo, finalmente se rindió y rellena el largometraje con gestos “para quedar bien”.

Rey, el personaje de Daisy Ridley, no cuenta con los encantos del joven Mark Hamill ni de la queridísima Carrie Fischer. Con menos carisma que un clavo oxidado, Rey aparece forzada (y forjada) con el único objetivo de complacer a masas que buscan sentirse de alguna manera representadas en la gran pantalla. Sin embargo, esto no es ni de lejos lo peor

Quizás es aspecto más negativo de las últimas dos entregas de Star Wars, sea que presentan a Rey como una heroína inédita, negando a la mismísima Leia. ¿Acaso no era Leia intrépida y valiente? ¿Por qué podrían querer las feministas “algo más”?

Sin princesa Leia, Obi Wan Kenobi jamás habría vuelto a enfrentar a su exdiscípulo Anakin Skywalker. ¿Quién habría arriesgado su vida para salvar a Han Solo de las babosas garras de Jabba el Hutt? Star Wars, en su estado original, ya tenía una heroína indiscutible, irremplazable y, sobre todos los calificativos, natural.

Una protagonista ambigua como Rey, que aún se debate entre el bien y el mal, y con un entrenamiento de 20 minutos no era imperiosa para la narrativa de la saga. Por supuesto que no es posible “estirar” el personaje de Leia por treinta años, pero no había necesidad alguna de crear una heroína que no es tal como si Star Wars jamás la hubiese tenido.

La octava edición de la saga está tan lejana de lo que Star Wars debería ser que la producción se vio obligada a meter a Yoda (en marioneta, afortunadamente) y a R2D2 para recordarnos que sí, que se seguía tratando de la misma odisea espacial que tanto ha inspirado a millones de personas alrededor del mundo – y que revolucionara en su momento a la industria cinematográfica.

Sin embargo, Star Wars no es la única víctima de la corrección política, sino apenas la más taquillera y reciente. Los antojos ideológicos de la actualidad se han extendido a Los Cazafantasmas, que en su versión de 2016 se presentara en versión femenina, siendo un absoluto fracaso de taquilla.

Doctor Who, la legendaria serie británica – la más larga de la historia – también se renovó en forma de mujer, causando el rechazo de millones de fans.

No intento defender la pacatería ni repeler todo intento de reflejar los tiempos que corren, que vaya si son distintos a apenas unas décadas atrás.

The Handmaid’s Tale, adaptación a la pantalla del libro homónimo de Margaret Atwood, está sin dudas en el top 5 de las mejores series de 2017. No se trata de evitar temáticas femeninas ni heroínas; pensar tal cosa rozaría la idiotez. La intención, no obstante, debería ser no forzar la feminidad, la heroína a prepo, impuesta y sin razón de ser.

En otras palabras, feminista como en Game of Thrones, sí. Ahora bien, que Star Wars nos venga a dar lecciones de igualdad, moralidad y enriquecimiento (como el casino Canto Bight), o que promueva el vegetarianismo a través de un Chewbacca con rebuscados sentimientos de culpa, no.

Queda más que claro, a fin de cuentas, que la producción se ha encargado más de dar un mensaje que seduzca a masas no críticas que de hacer una buena película que respete la historia central de la saga más exitosa del cine.

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