En una sola finca hay tres pistas de aterrizaje cubiertas por la maleza. Las abrió el cártel de Medellín en los tiempos en que decenas de avionetas cargadas de cocaína despegaban de las selvas del Yarí. Nacía la década de los 80, el narcotráfico florecía y Pablo Escobar y su alter ego, Gonzalo Rodríguez Gacha, apodado el Mejicano, encontraron en las sabanas de una región olvidada por el poder central el lugar perfecto para instalar sus laboratorios de procesamiento de coca y establecer un puente aéreo que les permitiera transportar la droga hacia Estados Unidos y Centroamérica.

En ese momento Colombia no lideraba aún la siembra de coca; refinaban la que procedía de Perú y Bolivia, y los capos trabajaban a cara descubierta. Su flota de aviones y helicópteros surcaba los cielos sin mayores obstáculos de las autoridades y acumulaban tanto dinero que la revista Forbes llegó a publicar que el Mejicano, uno de los hombres más ricos del planeta, ganaba 230.000 dólares al minuto.

Pero no fueron los únicos en asentarse en una zona a caballo entre los departamentos del Meta y Caquetá, al sur de Colombia. Las FARC habían llegado para montar una de sus retaguardias y acompañar a los colonos que se establecían, unos huyendo de diferentes violencias y otros en busca de nuevas tierras para labrarse un futuro. La guerrilla terminó prestando protección a los laboratorios de los narcos a cambio de un impuesto revolucionario.

Con el transcurrir de los años, el santuario del Yarí también sería un bastión clave para el poderoso Bloque Oriental, que comandaba el legendario Jorge Briceño, alias Mono Jojoy, jefe militar de las FARC hasta su muerte en 2008.

Unos y otros dejaron su huella y ahora antiguos guerrilleros y nativos del área pretenden convertirlo en centro turístico con el imán de recorrer los pasos de las FARC y de los «dos titanes de la mafia», como llama Popeye, jefe de sicarios del cártel de Medellín, a Escobar y a Rodríguez Gacha.

Al caserío Playa Rica como epicentro pretenden sumarle, además, parajes de una naturaleza imponente y salvaje que han permanecido vedados a la mayoría de ciudadanos por el largo conflicto armado colombiano. La superficie de sabanas y selvas del Yarí, de unas 300.000 hectáreas, era considerada zona roja, es decir, de alto riesgo de atentados.

«Estos lugares tienen mucha historia, por aquí pasaron diferentes bonanzas, la del caucho, la quina, las pieles de los tigrillos, la madera, el narco», comenta Gustavo Pérez, presidente de la Junta de Acción Comunal de Playa Rica, diminuta vereda de La Macarena, departamento del Meta, situada a unas tres horas de distancia de su cabecera municipal por caminos de tierra. «Es un proyecto turístico, histórico y ambiental». Pero deja claro que aún es una idea que están armando entre varios caseríos y organizaciones sociales y ambientales de la región. Considera que sería una buena fuente de ingresos y la manera ideal de preservar la naturaleza.

Durante lustros convivieron con las FARC, algunos de cuyos campamentos lindan con el poblado, y soportaron a la mafia, aunque el contacto con el universo de los narcos era esporádico.

A sólo dos horas en moto desde Playa Rica, por un camino solitario, se encuentra una de las haciendas del sanguinario capo el Mejicano. Poco antes de llegar, se atraviesa un puente de madera sobre un riachuelo caudaloso al que los lugareños bautizaron la Laguna del muerto.

«Le llaman así porque los mafiosos traían aquí a algunos de los que iban a matar. Les hacían un corte para que sangraran y los empujaban al agua. Había cocodrilos», asegura un nativo.

No conocen el nombre que le puso el capo a la finca, aunque tendría relación con el país que el Mejicano veneraba y del que derivó su apodo. Del enorme chalet que construyó para él, sólo quedan las paredes, el depósito de agua y dos pequeñas casas que a veces ocupan familias de labriegos.

«Son tres las pistas de aterrizaje que hay aquí», explica un agricultor mientras camina de la primera hacia la segunda, aún visibles pese a la maleza, y a escasos cinco minutos de la casa. Pide, como casi todos los que entrevista Crónica, que omita su nombre. En las zonas rojas imperó la ley del silencio y todavía les cuesta dar la cara. Sólo hablan bajo la condición de anonimato.

Cada una, de más de dos kilómetros de longitud, fueron testigos de cientos de vuelos cargados con pasta base de la coca procedentes de Perú y Bolivia para refinarla en las cocinas que el cártel de Medellín instaló en el Yarí. Una vez transformada en clorhidrato de cocaína, las avionetas salían repletas de cocaína con destino a Centroamérica y Estados Unidos, su principal mercado.

El aumento descontrolado del consumo de polvo blanco en Norteamérica en los años 80 animó a los integrantes del cártel de Medellín a incrementar la producción y el tráfico de estupefacientes. El Mejicano fue el promotor de la ruta del Yarí, y a veces él mismo viajaba hasta la finca de marras. Pablo Escobar, según le dijo Popeye a Crónica, apenas visitó esa región; prefería su natal Antioquia.

Por regla general eran los lugartenientes del Mejicano los encargados de vigilar que todo funcionara perfectamente y de ajustar cuentas. «Tendrían que buscar fosas por los alrededores y encontrarían restos. A muchos los mataron cerca, no todos iban a la Laguna del muerto», anota el campesino. Podrían hallar los de los asesinos de dos pilotos de la mafia cuya avioneta realizó un aterrizaje forzoso en una finca. Los mataron para quitarles los fajos de billetes que transportaban pero los descubrieron y fueron a su vez ajusticiados.

Hasta la fecha, sin embargo, sólo abren hoyos en los suelos de la casa y entre la selva para dar con los bidones donde el Mejicano escondía millones de dólares y de pesos. Enterrar el dinero bajo tierra fue siempre una modalidad popular entre guerrillas y mafiosos.

Al margen de las ruinas de la mafia, en Playa Rica es posible avistar las de los campamentos del Mono Jojoy, el cerebro de los secuestros más largos de la historia, como el de Ingrid Betancurt. El que linda con el pueblo estaba destinado a entrenar a los jóvenes recién reclutados. Llegó a albergar hasta 3.000 guerrilleros en la época de las conversaciones de paz con el Gobierno de Andrés Pastrana, a principios de siglo.

Aún se pueden apreciar, entre otros, los restos de la casa donde Mono Jojoy residía, así como la base de piedra a la que se encaramaba para arengar a su tropa, en una explanada habilitada para las paradas militares que tanto le gustaban. Cerca de ese punto sobrevive el tronco alto y ancho, con un amplio hueco en la mitad, de un árbol seco. Lo usaban para colgar boca abajo a quienes castigaban para que su pena, a la vista de todos, sirviera de escarmiento.

No lejos de allí, en lo alto de una loma desde la que se divisa la inmensidad de las sabanas, el citado comandante poseía otro chalet que servía también de puesto de vigía. Queda poco en pie y una idea es reconstruirlo para hotel o mirador con los fondos estatales destinados a ayudar tanto a las poblaciones que sufrieron de lleno el conflicto armado como a los ex guerrilleros.

Un lugareño observa las ruinas y sentencia: «Todos fueron poderosos y vea lo que queda. Nada».

ELMUNDO