El jueves 21 de diciembre los catalanes acudirán a las urnas para elegir un nuevo parlamento autonómico. Estos comicios fueron convocados por el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, como una medida para sortear la crisis institucional que vive Cataluña, por cuenta del proceso independentista – en adelante, el procés – promovido por el depuesto líder regional Carles Puigdemont.

El procés es el ejercicio más perverso de ingeniería social que haya vivido Europa occidental en su historia reciente, después del nacionalsocialismo. Está inspirado en una ideología de odio, basada en la manipulación histórica y en la promoción del colectivismo; se ha desarrollado en clave totalitaria, a través de la politización de la cultura y la persecución contra quienes piensan distinto; y ha causado profundas heridas a la sociedad catalana, en lo económico, lo social y lo político.

Si yo pudiese votar el 21-D, lo haría por el único partido que ha enfrentado sin vacilaciones al monstruo separatista: Ciudadanos, la formación de Albert Rivera (líder nacional) e Inés Arrimadas (líder en Cataluña). Esta última ha prometido que, en caso de llegar a la presidencia de la Generalitat, pondría punto final al procés.

Para cumplir este objetivo propone cinco grandes estrategias:

  1. Asegurar el retorno de las empresas. Gracias al clima de inestabilidad jurídica propiciada por los independentistas, unas 2500 empresas trasladaron su sede social de Cataluña a otras regiones de España. Ciudadanos propone un plan de choque para traerlas de vuelta, así como un programa de incentivos fiscales, financieros y administrativos.
  2. Suprimir las estructuras d´ Estat. Es decir, eliminar la burocracia paralela creada por los independentistas, con el dinero de todos los catalanes. Entre ellas la poderosa Diplocat, una red orientada a la propagación del discurso separatista en el exterior. 
  1. Reducir la presión fiscal. Cataluña es la región que sufre la presión fiscal más alta de España. Ciudadanos propone mitigarla, reduciendo impuestos a los ingresos bajos y medios, además de la eliminación de barreras fiscales a los emprendedores. No es el plan ideal, pero por lo menos representará un pequeño alivio para el bolsillo de los catalanes.
  1. Medios de comunicación públicos, neutrales, plurales y al servicio de todos los catalanes. Los gobiernos independentistas se han valido del control de los medios de comunicación para incrementar su poderío. Ciudadanos propone acabar con esta instrumentalización política, lo que representaría un duro golpe para el totalitarismo.
  1. Educación pública de calidad, trilingüe y donde no se politice a los niños. La escuela es otra de las estructuras de la sociedad que ha sido secuestrada por el independentismo. Ciudadanos propone quitársela de las manos. De ese modo, se estaría liberando a las nuevas generaciones de catalanes del siniestro adoctrinamiento que se vive en las aulas.

El programa electoral de Ciudadanos también incluye unas propuestas de política social que, por lo menos, un libertario como yo, difícilmente apoyaría, como la lucha contra el desempleo, y la expansión del gasto público en los sectores de salud, educación oficial e infraestructura.

Sin embargo, en política sucede algo curioso y es que cuando votamos por un programa político, lo estamos “comprando” completo: las cosas que nos gustan, las que no, e incluso, las que ni siquiera hemos leído. Con la información disponible hacemos un balance; si nos parece que las cosas buenas superan a las malas, efectuamos la elección. En este caso, las cosas malas (gasto social) quedan en un segundo plano frente a lo que resulta prioritario para el avance de las libertades en Cataluña: el fin del procés.

El menor de los males

Si se compara con las otras opciones electorales, Ciudadanos parece ser la menos mala. Sus rivales son: el bloque independentista, que está conformado por tres partidos: Junts per Catalunya (Juntos por Cataluña), Esquerra Republicana de Catalunya (Izquierda Republicana de Cataluña) y la CUP; los partidos que se han mostrado ambivalentes frente al procés: Socialistas de Cataluña (filial del PSOE), Catalunya en Comù (Cataluña en Común); y el Partido Popular de Cataluña, un crítico reciente del procés.

Según las últimas encuestas, los independentistas obtendrían en conjunto unos 67 diputados, lo que los dejaría un escaño por debajo de la mayoría absoluta. Su regreso al poder sería desastroso para Cataluña, pues significaría la prolongación de la manía separatista, con sus terribles efectos sobre la economía, la convivencia cívica y la concordia política.

Los tres actores del bloque separatista son altamente peligrosos: Junts per Catalunya es la continuación histórica de Convergencia i Uniò, el partido de Jordi Pujol, quien fue presidente de Cataluña durante 23 años, él es el arquitecto del procés y es conocido por ser uno de los hombres más corruptos de toda España; Esquerra Republicana cuenta con militantes marxistas en sus filas; y la CUP no solo tiene el respaldo de Maduro, sino que ha llegado a reivindicar la lucha armada para obtener la independencia de Cataluña.

El Partido de los Socialistas de Catalunya y Catalunya en Comù han servido de cómplices pasivos del independentismo. El primero, incluso, ha llegado a colaborar abiertamente con los separatistas. No olvidemos que entre 2003 y 2010 gobernó en un pacto tripartito con Esquerra Republica e Iniciativa per Catalunya Verds, un partido que hoy está integrado a Catalunya en Comù.

El caso de Catalunya en Comù es aún más preocupante. Ésta es una coalición de partidos de extrema izquierda que obedece a Pablo Iglesias, secretario general de Podemos y fan número uno de la tiranía chavista en España.

Iglesias apoya veladamente el procés, no porque sueñe con una Cataluña independiente, sino porque ve ahí un desafío al sistema político español. A él le interesa que este entre en crisis para presionar por un cambio hacia el socialismo.

No en vano, Xavier Domènech, el candidato de los comunes a la presidencia de Cataluña ha dicho que “vamos a cambiar Catalunya para cambiar España”. En los corrillos políticos se habla de un nuevo tripartito entre Esquerra Republicana, que se perfila como el segundo partido más votado (después de Ciudadanos), los socialistas y los comunes.

El Partido Popular de Cataluña se ha mostrado, junto a Ciudadanos, como uno de los partidos más críticos del independentismo. Sin embargo, esta es una actitud oportunista. Tampoco se nos puede olvidar que los populares fueron aliados de la extinta Convergencia i Uniò. Este partido apoyó la investidura del popular José María Aznar, como presidente del gobierno español en 1996. A cambio, Aznar dio poder a los independentistas, aplicando esa máxima que decía “tú haz lo que quieras en Barcelona, mientras me apoyes en Madrid”. Por lo tanto, el Partido Popular es corresponsable de la tensión que se vive en Cataluña.

Contra el separatismo

Un voto por Ciudadanos es un voto en contra de estas funestas opciones. Votar por Ciudadanos es cerrarle el paso a los independentistas y a sus aliados, significa asestarle un golpe de muerte al proyecto separatista, lo que permitiría sanar las fracturas sociales ocasionadas por él.

Si se cumplen los pronósticos electorales, la formación naranja será la más votada el 21-D y obtendrá entre 32 y 34 escaños. Estará muy lejos de la mayoría necesaria para gobernar (68), por lo que tendrá que recurrir a las alianzas. Pero ¿con quién? Los únicos socios posibles serían los socialistas, que se harían con unos 23 escaños y los populares, con 8. Una de las condiciones para el pacto tendría que ser que estos reconocieran y se arrepintieran por el respaldo que en el pasado les concedieron a los independentistas, ya sea por acción o por omisión.

Aún con un pacto, las tres fuerzas obtendrían unos 65 diputados (tres por debajo de la mayoría). Esperemos que, en las próximas horas, todos los catalanes que aprecien mínimamente la libertad consideren su voto por Ciudadanos. De esa manera, el partido aumentaría su número de escaños, se abriría la esperanza de lograr una alianza que permita la mayoría parlamentaria y las tinieblas del separatismo se disiparían para siempre.

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