Por Rafael de Brigard

Está llegando la hora de reflexionar políticamente desde la Iglesia que está en Colombia. Las tendencias de los votantes, según las encuestas, podrían llegar a situar en el solio presidencial a Gustavo Petro, representante de una izquierda radical y de cuya forma de gobernar, su alcaldía en Bogotá fue ya un botón de muestra. Para todo el país y también para la Iglesia católica, lo mismo que para las demás confesiones religiosas, esa sería una situación que lo cambiaría todo, creemos que más para mal que para bien. El miedo a pensar que esto pueda llegar a ser realidad puede inducir a una negación de lo que puede venir. ¿Y qué es lo que puede venir si triunfa este candidato la izquierda radical?

Tenemos en la situación de Venezuela un ejemplo palpable e imposible de no ser visto. Los regímenes de inspiración en la izquierda y que se vuelven radicales ya son conocidos por su forma de gobernar: supresión de derechos, comenzando por los de expresión, participación en política, libertad de enseñanza, libre circulación dentro y fuera de la nación, etc. Y, finalmente, caen sobre la libertad religiosa, la cual termina siendo coartada, si no suprimida. Por no hablar de la corrupción llevada a sus extremos más escandalosos. No son especulaciones. Basta mirar en el vecindario: la ya citada Venezuela, Cuba, Nicaragua y acaso Bolivia y Ecuador. A un posible triunfo de Petro no le serían extrañas rápidas adhesiones de fuerzas que fueron armadas como las Farc, el M-19 y, seguramente el ELN se sumaría rápidamente a la toma del poder. Y tampoco sería de extrañar que al interior de la Iglesia en Colombia algunos sectores pudieran revelar sus simpatías por esta ideología política, supuestamente favorable a los más pobres.

El panorama es preocupante. Pero no solo porque la izquierda radical se instale en el poder y nos sumerja en un régimen antidemocrático y despótico. También porque el resto de la clase política colombiana tiene muy poco que ofrecer y sigue muy apegada a sus corruptelas y rapiñas en todo sentido. Algunas voces solitarias tienen ideales nobles, pero nadie parece atenderlas en la actual coyuntura política donde todos parecen correr detrás de un botín y la nación nada importa. Y esa ha sido la antesala de los gobiernos despóticos en el mundo entero y en toda la historia. El grupo de colombianos que ve con buenos ojos una presidencia tipo Gustavo Petro, seguramente alberga en sus corazones deseos de cambios profundos, supresión de las actuales élites gobernantes, con las cuales identifican muchas veces a la Iglesia católica, y no pocos deseos de reivindicación de derechos eternamente aplazados y, seamos sinceros, deseos de revancha y venganza.

La Iglesia en Colombia tiene que ser responsable sobre su futuro, es decir, el porvenir de la comunidad católica y por ende debe reflexionar sobre el panorama que empieza a despuntar y que no es tan claro para cumplir su misión. La Iglesia existe para evangelizar y debe luchar para que esto sea posible. Es hora de una reflexión seria y quizás de decisiones audaces cuando en la distancia se sienten vientos contrarios que para su misión no serían deseables. De los obispos, de las universidades católicas, del clero, de los religiosos, de los laicos organizados, la comunidad católica tiene derecho a esperar en estos momentos unas palabras y unas acciones muy claras para situarnos debidamente en este momento de la historia colombiana, que podría llegar a ser muy complejo para profesar y practicar la fe cristiana.