En los pasillos de un mundo distópico que está arrojado a vincular toda compatibilidad que pueda existir entre la religión y la política, subleva los demonios que merodean a su alrededor en espera de fortalecer alianzas y edificar templos electorales que, en la actual coyuntura política nacional ascendió en logros, pero que está bajando como espuma al fracturar las creencias y principios del elector que como siempre creyó, pero esta vez fue tocado en doble vía.

La euforia de moda que ahora nos vende un Dios de salvación y sobre todo de prosperidad, que fácilmente podemos encontrar en cualquier garaje haciendo cuentas electorales para fortalecer una estructura que se aleja de una firme creencia y se acerca más a una cacería de beneficios infundados en el miedo y la doble moral que, encontró momentáneamente la solución al mar incontenible de creyentes migratorios en busca de beneficios personales que saltaban de ungido a ungido y que se logró contener -de momento- con una represa política de réditos celestiales.

“También los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medio el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno solo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando.”

                                                                             Max Weber (1919)

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Todos aquellos que nos encontramos atrapados por el arte de servir, seducidos y entregados a las ganas de sintonizar con las soluciones a las necesidades de nuestras comunidades, refutamos en cierto grado a Weber y emprendemos nuestra aventura Quijotesca en contra de gigantes molinos de viento que particularmente en tierras Chibchonbianas resultan ser cada vez más colosales.

De forma magistral lo matiza en sus charlas enciclopedias el experto político Yesmil Pérez donde resalta el primer paso a una actividad o entrega política; transformando el escenario en una cancha de futbol  inmersa en un lodazal, seguido una entrada triunfal del jugador vestido con su más valioso e impecable uniforme, desconociendo el terreno de juego, pero, que ya ha de tener al frente, sorprendido, desorientado e indeciso. Llegado el momento crucial, como dirían los amantes de la tauromaquia “El momento de enfrentar  de forma rotunda al toro de lidia.”  -Este toro temible pero al mismo tiempo ingenuo.- El dilema: Decidir si entras y con plena seguridad ensucias tu impecable uniforme o el de no entrar y sacrificar las intenciones en una perdida por W.

Lo que permite diferenciar a los que decidieron entrar al juego; es la decisión que toman después de acabado el partido, si lavar el uniforme o mantenerlo sucio para seguir jugando las mismas partidas; si llegar al hogar con la frente en alto o emprender el mal hábito del engaño en nuestro recinto familiar.

Se hace necesaria una reeducación colectiva donde todos aportemos y adoptemos el compromiso de erradicar las malas prácticas políticas. Ese éxito del político que se sube al estrado a seducir al vulgo, que le importa más la sintonía con la música que las ideas que expresa, que a punta de gestos sincronizados gana más puntos que cualquier buen concepto emitido, es el inicio de la cadena de corrupción que tanto sufrimos y criticamos, no debemos olvidar que la miseria colectiva no viene adherida al espectáculo. Ese buen orador (como escribió Vargas Llosa)  puede no decir absolutamente nada, pero debe decirlo bien y es así su preparación para seducir incautos y persuadir distraídos sociales.

El electorado prepago que complementa el show artístico enceguecido y afónico avalando la consigna  de que mientras se suene y luzca bien el éxito está más cerca para el orador, se debe dejar atrás. Es hora de estudiar las propuestas y actitudes de los candidatos. Cortar los efectos de los cuasi conciertos de música popular que solo son efectivos en un escenario donde los electores no escudriñan el fondo de cada propuesta  y pasan a segundo plano la inteligencia e idoneidad del participante, y así hacen las buenas intenciones  imperceptibles.

Esta actividad Político artística en aras de más poder se unió a la oratoria cristiana que le entrega un grado de convencimiento sorprendente y que genera más adeptos. Cazadora de ingenuidad y tendencias superficiales, varias iglesias venden como guarismo electoral a sus feligreses, pues, es uno de los engranajes para cumplir con las promesas de prosperidad.

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La gran mayoría de estas iglesias – o religiones, ¿no le ha pasado que de un tiempo acá tiende a confundir o a no entender como interpretan ahora la diferencia entre  iglesia y religión?- nacidas de lo que se podría  llamar: Una división Luterana, que buscó legalizar sus fallas criticando y señalando las ajenas y que al no llegar a ninguna negociación se proclamaron independientes. Y como en los tiempos del imperio romano la venta de indulgencias inicio y en la actualidad podría asimilarse a doctrinas actuales que venden distintos beneficios estipulados en una tabla de siembras, a contrataciones a diestro y siniestro con cámara de comercio en mano que, como florero de Llorente dividió la rama de creencias que ahora busca poderes burocráticos en un Estado efusivamente laico cuando hay conveniencias. No se le puede seguir entrado a ese juego.

Todo este conjunto de artimañas, bien lo conocemos o nos negamos a entenderlo, nos hacemos los de la vista gorda en el momento que en verdad necesitamos estar lúcidos para cortar con nuestra participación ciudadana la cadena de miseria que hemos heredado. Queremos una vida digna, evitar a todo precio emprender el tétrico viaje matutino que la corrupción nos regala, pero compramos el boleto en cada elección popular. ¡Así no debe ser!

Por: Andy Romero Calderón.

Twitter: @Andy_RomeroC