Chile tolerante: vivir y dejar vivir (Ef)

En un Chile que cada día cede más terreno al progresismo, la creencia general es que somos tolerantes, inclusivos, buena gente en realidad, pero ¿seremos realmente así?

Día a día convivimos con personas diferentes cuyas opiniones y comportamiento no necesariamente coinciden con los nuestros y esa en esencia es la definición de tolerancia que encontraremos en la mayoría de los diccionarios y en cómo la hemos llegado a definir en la conciencia colectiva o sociedad.

Puede que tú estés de acuerdo con la pena de muerte, pero tu primo no, quizás apoyes el aumento del salario mínimo y tu colega no porque cree que irá contra los trabajadores menos calificados, tu mamá puede haber votado por Beatriz Sánchez, tu papá por José Antonio Kast, tú por Sebastián Piñera y tu hermano quizás ni siquiera votó. Cualquier opinión sea la que tengamos, la tolerancia es un prerrequisito para una sociedad libre y funcional.

Nuestra misma Constitución respalda el concepto de tolerancia al garantizarnos la vida, la libertad y la persecución de la felicidad personal, pero hay un contrato implícito en ello que significa que para que tú puedas tener tu vida, tu libertad y perseguir tu felicidad, debes ser tolerante con la vida, la libertad y la felicidad de otras personas. Este contrato, sin embargo, parece estar resquebrajándose.

Si escuchamos y vemos los medios hoy en día, pareciera que un solo lado está respetando dicho contrato, la izquierda. De acuerdo a los medios, la derecha es intolerante con todo mundo, excepto con los cristianos, blancos y heterosexuales. El asunto es que hay un problema con esta aseveración. Es que no es real. La verdad es que la izquierda ni siquiera es tolerante con las personas a quienes se supone le imparten dicha tolerancia, pues si eres homosexual, mujer, inmigrante o miembro de alguna otra minoría, pero no estás de acuerdo con la ortodoxia de la izquierda, sabrás a qué me refiero.

Si crees que las personas debieran ser juzgadas por los resultados del contenido de su carácter y no por el color de su piel, la izquierda te llama racista. Si crees que Chile es un país que también fue formado por inmigrantes, pero en un orden distinto al actual y que hoy por hoy es necesario un apropiado control migratorio, la izquierda te llamará Xenófobo. Si crees que hombres y mujeres son iguales en dignidad y derechos, pero biológica, estructural y fundamentalmente distintos, la izquierda te llamará sexista.

Este es el meollo del asunto. Aquellos que solo “toleran” a quienes comparten y gustan de sus ideas, en realidad no son tolerantes. Entonces ¿Quiénes son realmente tolerantes? ¿Lo serán los organizadores de las marchas feministas que al final piden perdón  por el daño y la confusión que producen cuando invitan a un hombre a exponer en dichas marchas?  Como ocurrió en EE.UU cuando dicho movimiento invitó al ícono izquierdista Bernie Sanders.

¿Serán los estudiantes que organizaron una funa (recepción agresiva para impedir su charla) cuando José Antonio Kast fue invitado a exponer en una universidad del norte del país? ¿Quizás los parlamentarios de izquierda cuando critican a los venezolanos residentes en chile que expresan su justificada molestia contra el régimen socialista de Maduro y hasta los llaman “infiltrados imperialistas”? Tal vez muchos de quienes lean esta columna, se silencian con el fin de tener paz y no sufrir la ira de la turba enfurecida del progresismo.

Vale la pena volver a preguntarse ¿Quién es tolerante? Pues aquí está la sorpresa, pues son en realidad aquellos, incluyendo a personas de derecha, que se han asustado y que los medios tienden a demonizar. Aquellos que simplemente no concuerdan con los postulados que les intentan imponer.

Un verdadero liberal, respeta la libertad ajena de pensar y hacer según desee, sin interferencia de terceros, con el respeto por las reglas de convivencia y por cierto protegerá la libertad de expresarse pues tendrá el deber de preferir ser odiado que conformarse a un discurso que no le representa que inclinarse a una mayoría odiosa y ser “amado”.

Lamentablemente es la izquierda (incluyan a los nazis y tendencias fascistas pues son socialismos con variantes de corporativismo, pero aun socialistas) la que se ha vuelto intolerante con aquellos que disienten. ¿Por qué?, simplemente porque su ADN es totalitario, se basa en la ingeniería social, en la planificación centralizada de todo y creen que saben mejor como cada uno de nosotros debería vivir y pensar.  Cualquier desviación de sus estándares, cualquier inconformidad es peligrosa para ese objetivo.

Créanlo o no, una buena parte de la derecha se ha vuelto más abierta e inclusiva y la tendencia aumenta. El caso de Evópoli es un gran ejemplo de como la creencia en la libertad llega a permear no solo lo económico sino lo social y se va avanzando junto al cambio generacional, lo cual irá imprimiendo un sello mucho más libertario en esa ala de la política, pues crece día a día la noción del “vive y deja vivir”. Después de todo no importa el origen étnico, identidad de género, religión u orientación sexual, mientras esa persona coexista pacíficamente y añada valor a la sociedad. Esa es una virtud inherente al libre mercado, pues me interesa que el panadero haga y venda pan, no me interesan los aspectos íntimos de su vida.

Pese a los matices que hoy veamos en la derecha, es la tendencia generacional y a largo plazo la que nos interesa y la que irá puliendo a aquellos que persistan en poner obstáculos a la convivencia pacífica de personas iguales en dignidad y derechos. Esa noción es la verdadera definición de tolerancia y no la que sugiere a punta de linchamiento social, silenciar al opositor.

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