A Francisco Toro le faltó explayarse en las virtudes que los “comunistas de lujo” le atribuyen al Gobierno de Hugo Chávez. (EFE/Miguel Gutiérrez)

En el Washington Post, el venezolano Francisco Toro, columnista de ese diario y fundador del medio Caracas Chronicles, esboza un intento de disociar la tragedia venezolana de su causa ideológica.

En el texto, titulado No, Venezuela doesn’t prove anything about socialism (No, Venezuela no demuestra nada sobre el socialismo), Toro despotrica de quienes él llama “la mediasfera conservadora estadounidense”. Les dice oportunistas, por impulsar sus agendas aprovechándose del drama venezolano. Propiamente, los acusa de vincular a cualquiera que alce el estandarte del «socialismo» con los responsables del peor drama humanitario que ha padecido la región.

Su argumento parte de la siguiente premisa: Venezuela no es el único país de Latinoamérica que ha sido gobernado por algún autodenominado «socialista», pero Venezuela sí es el único sumido en una tragedia humanitaria sin precedentes.

“Desde inicio del siglo, cada país en Suramérica, excepto Colombia, ha elegido a un socialista como presidente en algún punto. Los socialistas han tomado el poder en la mayor economía de Suramérica (Brasil), en la más pobre (Bolivia) y en el país más capitalista (Chile)”, se lee en The Washington Post. Luego, Toro dice: “Misteriosamente, el vínculo supuestamente automático entre el socialismo y el apocalipsis zombi no se dio en esos países. No contentos con solo no colapsar, varios de estos países han prosperado”.

Primero, el venezolano menciona a Perú y el Gobierno del corrupto, vinculado al Caso Lava Jato, Ollanta Humala. También habla de Evo Morales, el comunista-chauvinista, con pretensiones autoritarias, que dirige Bolivia desde el 2006. A ambos, Toro les atribuye haber “anotado importantes logros sociales en el camino”.

Habla del socialismo en Argentina, en Brasil, en Ecuador y menciona la corrupción; pero luego, en un acto de mezquindad, dice: “Yo nunca hubiera votado por algunas de esas personas. Pero cuando tú tratas de evaluar sus resultados, la palabra que viene a la menta es «mixtos»: éxitos en algunas áreas, fallas en otras y ningún cataclismo en toda la sociedad”.

No obstante, la frase más inquietante aparece luego de tanta condescendencia con quienes representan la capitulación de una región ante la voluntad castrista. Toro, para tratar de sostener su endeble columna, dice: “¿No me crees? Pregúntale a los cientos de miles de refugiados venezolanos que ahora andan en Brasil, Ecuador o Argentina buscando un mejor futuro”.

Como si ver venezolanos en otros países fuese prueba de la infalibilidad de las medidas, allí. Como si no huyeran del país más miserable del hemisferio occidental, dispuestos a establecerse en cualquier otro lugar. ¡Cualquiera! Porque hoy los vemos, lamentablemente, en todos lados. En países en crisis como España o Argentina o Nicaragua —crisis generadas, por cierto, por quienes el autor intenta condonar—.

El mayor infortunio del artículo de Francisco Toro reside en que, para intentar absolver a una peligrosa ideología, causante de varias de las mayores desgracias de la historia contemporánea, el autor cede a la pequeñez de, entre tantos vicios, encontrar las presuntas virtudes de los Gobiernos socialistas de la región.

Porque si en aquellos países en los que se erigieron estos déspotas hoy no impera una terrible crisis similar a la venezolana, fue porque instituciones; sociedades sólidas y maduras; una élite a la altura y la ausencia de una abultada petrochequera, lo impidieron. Sin embargo, sí padecen o padecieron dejos terribles de corrupción, malversación y deterioro de la economía. Todos sacrificios necesarios, bajo los regímenes socialistas, ante el altar del «bien común».

El desgaste gradual de la democracia, como menciona Toro en su columna en The Washington Post, es consecuencia, junto al deterioro paulatino de todo lo demás, de la concentración de poder y expansión del Estado, condiciones inherentes a los regímenes socialistas.

Y hoy vemos, pese a lo que dice el autor de la nota, cómo las sociedades en estos países andan, más bien, rechazando a lo que alguna vez ellos premiaron en las urnas con su confianza. De ahí el pertinente viraje de la región, que no es sino la prueba de que el socialismo es un fracaso y de que Venezuela se deba alzar como ejemplo de ello.

Tratar de disociar la tragedia venezolana de su causa ideológica es, no solo infeliz, sino irresponsable. Porque siempre será peligroso quien comparte principios con los criminales que hoy destruyeron al que una vez fue el país más próspero de la región. Y, se cae en la bobada de decir que lo de Venezuela jamás ha sido verdadero «socialismo», es más que pertinente un reciente artículo de la filósofa, catedrática y autora Corina Yoris, quien en El Nacional explica por qué Venezuela atraviesa una de las etapas del “comunismo/socialismo”. Porque en el país caribeño, otrora gran nación, no hay crisis por ineficiencia o por improvisación de unos subnormales.

A Francisco Toro le faltó nombrar los supuestos logros que “los comunistas de lujos”, esa fauna de la que muy bien habla Reinaldo Arenas en Antes que anochezca, le atribuyen a Hugo Chávez y a su régimen: que y que incluyó a los pobres en su discurso, que tuvo importantes conquistas sociales, que dio casas, que hizo esas cosas y todas esas bobadas.

Cuando el sesgo es tal, es fácil picotear las virtudes entre tanta deposición. El problema es lo irresponsable de divorciar la autoría intelectual de los ejecutantes. Porque si algún beneficio aporta la destrucción de un país, causada por el chavismo y sus cómplices socialistas en la región, es servir como muestra de que el socialismo no funciona. Ni en el tercer mundo ni en el primer mundo.

 

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