Resultado de imagen para panam post el cheguevara no defendio ni la libertad ni la justicia

En vano resulta seguir hablando de Ernesto Guevara, la figura. No importa cuántas evidencias haya en su contra, cuántos relatos desgarradores lo revelen como el monstruo que realmente fue, ni cuántas confesiones existan: para muchos seguirá siendo poco menos que un santo, un verdadero líder del pueblo cuyas únicas luchas eran la reivindicación de la igualdad y de la libertad.

Claro que el heroísmo de Guevara pertenece más a la ficción que a la realidad. Ernesto Guevara fue un asesino, y no hay acotación que lo reivindique o justifique. No hay nada glorioso ni virtuoso en matar (y finalmente, morir) por aquello en lo que uno cree. Hitler mató (y murió) por lo que creía. Lo mismo hace cada terrorista de la actualidad; cada kamikaze de ISIS. No hay poesía en morir por las causas que uno sostiene que, en la infinita subjetividad humana, son justas.

El fanático, en su condición, está convencido de que su causa es objetivamente justa. Es en esta certeza falaz que nacen comentarios tales como “no se puede comparar” o “hay que entender el contexto histórico de los hechos”. Estas apostillas en muchas ocasiones brillan por su ausencia, y aparecen pretextos de estilo “¿y lo que hace el otro?” o “el enemigo tenía que ser combatido”. En resumen, el fanático cree que a veces la violencia es condenable en la mayoría de los casos, pero en algunos, no solo es deseable, sino que es el único camino.

Pero la moral no se puede relativizar. Matar está bien siempre o mal en cada coyuntura. La represión es condenable sin importar si el represor se apellida Maduro o Rajoy. El uso personal de dineros públicos es innegablemente repudiable, independientemente de la magnitud de los gastos –algo que otro ídolo díscolo, José Mujica, pretende minimizar–.

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