El secretario general Luis Almagro, junto a Iván Duque, en una visita a Colombia para abordar la crisis de refugiados venezolanos. (OEA)

Hace unos días se volvió viral un audiovisual de un discurso del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro. “¡Hay que tirar a la dictadura!”, decía Almagro, con demasiado entusiasmo, durante la Cumbre Latinoamericana en Miami. “Porque si no, el año que viene vamos a estar lamentando que hay dos millones más de venezolanos que han tenido que abandonar el país. ¡Sí hay dictadura en Venezuela, no hay soluciones para el pueblo venezolano!”.

Parecía un arrebato. Luis Almagro andaba colérico. furioso. El rostro se le puso rojo mientras pedía a la comunidad internacional que reaccionara ante la mayor crisis de refugiados del hemisferio Occidental. Fue una manifestación genuina de apasionada intensidad; del compromiso del secretario general de la Organización de Estados Americanos con la salida de Nicolás Maduro.

Una vez que asumió el cargo, en mayo de 2015, Luis Almagro se convirtió en el principal enemigo de la dictadura chavista en el terreno internacional. Desde entonces ha buscado impulsar la aplicación de la Carta Democrática Interamericana contra Venezuela y despertar conciencias en la región.

Con sus informes, bastante detallados, sobre las violaciones de los derechos humanos, Almagro ha tratado de respaldar sus serias y tajantes aseveraciones: en Venezuela no hay democracia, la oposición no puede participar en falsas elecciones y la comunidad internacional debe jugar un papel determinante, a través de sanciones, en la transición del autoritarismo a la libertad.

Sus juicios inapelables, y el valor de jamás silenciarse, le han ganado censores, incluso entre miembros de la «presunta» oposición venezolana —y resalto lo de «presunta» porque, al blandir las mezquinas críticas, estos “opositores” han terminado exponiéndose ellos mismos—.

Que no se meta, que no interfiera o que no comente. Lo han dicho personajes como el expresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Henry Ramos Allup; o el actual presidente del mismo Parlamento, Omar Barboza. Le reprochan a Almagro su honestidad o su inclemencia al momento de señalar traspiés.

Desde el seno de la Organización de Estados Americanos, el secretario ha reaccionado a la crisis de refugiados que padece la región. Tratando de aquietar a las naciones, todas preocupadas por la visita inesperada de cientos de miles de venezolanos, Luis Almagro anunció el pasado 5 de septiembre medidas para maniobrar la estampida: recursos para colaborar y un grupo de la OEA que se encargará exclusivamente del problema.

Fue su forma de decirle a los demás países que su lucha no es solo por la salida de Maduro, sino que él, como secretario general de la OEA, también tiene una responsabilidad con el resto del continente.

Ahora Luis Almagro viajó a Colombia, la primera víctima de la expulsión de venezolanos de su país. Visitó a la nación suramericana para abordar el éxodo que la golpea fuertemente. Y, de pie junto al presidente Iván Duque, el secretario de la OEA fue seco y honesto: “La crisis migratoria venezolana se resuelve con democracia en el país”. Punto. No hay más que decir. Si los países quieren, ¡porque necesitan, porque no pueden más!, dejar de recibir venezolanos, tienen que colaborar con la salida de Maduro y el retorno a la democracia en Venezuela.

Esa fue la respuesta de Almagro a una duda que tenía. Porque cuando el secretario general hizo estos anuncios enfocados a palear la crisis de refugiados, a principios de septiembre, aunque celebré, entró la inquietud: pero si estas medidas no resuelven el problema.

Hace unos días el diplomático y expresidente del Consejo de Seguridad de la ONU, Diego Arria, me dijo: “Almagro lo tiene clarísimo. Que la solución pasa es por salir de Maduro”. Y es verdad. Si alguien goza de lucidez ante el drama venezolano, es Luis Almagro. Preclaro amigo de la democracia y gran aliado en el mundo, comprometido con la salida de Nicolás Maduro.



Fuente