La Real Academia Española define al maniqueísmo como la tendencia a reducir la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo.

La presente ola progresista que ha inundado discursos alrededor del mundo –y que tantos daños causó y causa en América Latina– está plagada de falacias maniqueístas disfrazadas de refutación; o, lo que es incluso peor, camufladas cual si fueran razón.

Ignoro si el maniqueísta realmente cree lo que dice (de ser así, la argumentación tal y como la conocemos puede estar rozando su triste final) o si es parte de una macabra puesta en escena que tiene por cometido, asimismo, escapar de todo debate que lo pueda comprometer o humillar.

¿Por qué es trascendental familiarizarnos con el discurso maniqueísta? Pues por una sencilla razón: hay maniqueísmo en todas las manifestaciones del intelecto humano, en todas las actividades que tengan un mínimo de carga política, social y/o económica.

De una cosa debemos estar seguros: quienes apelan al maniqueísmo como recurso no quieren (o no pueden) razonar. Como se expresó anteriormente, el maniqueísmo es exactamente un intento de huir de un intercambio de ideas serio.

Resulta un tanto irónico (por usar un adjetivo amigable) que sean generalmente estos mismos agentes maniqueístas los que hacen constantes llamados al diálogo. De hecho, hacen uso y abuso del término, como si con no saber dialogar no bastara para vilipendiarlo o erradicarlo por completo.

El maniqueísmo es síntoma de fanatismo, que bien podría definirse como “el rechazo absoluto de la evidencia en pos de apreciaciones personales”. En otras palabras, la ceguera o pereza intelectual.

Todos hemos pecado de fanáticos, es cierto, pero se nos suele pasar a los veinte años. La izquierda, no obstante, ha hecho del fanatismo una forma de vida. Apelando siempre a las emociones, el progresismo ha sabido anular cualquier intento de acercamiento lógico a la realidad.

El abandono de la razón es sin dudas uno de los fenómenos más duros a afrontar y remediar. Los discursos de hoy pagarán su precio mañana, cuando el bien y el mal, lo justo y lo injusto no sean ya distinguibles. Pocas veces tanta responsabilidad cayó en manos de los liberales.

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