Y cuando su vida de “comunistas de lujo” —esa fauna de la que muy bien hablaba Reinaldo Arenas en su imprescindible Antes que anochezca— se vio amenazada por el desplome de la inviable Unión Soviética, entonces apreció Venezuela. (Archivo)

La frase es de Josep Pla, pero yo se la leí por primera vez al maestro y filósofo Antonio Escohotado en una entrevista. Es una sarta de palabras sencillísima. Que no deja espacio a interpretaciones. Bastante fácil: “El socialismo es un lujo pagado por el capitalismo”.

No obstante, pese a ser una verdad irrebatible, cada tanto se manifiestan situaciones para atender el tallado en piedra. En España, por ejemplo, tenemos a un presidente bastante mediocre, investido por la astucia y no por la ciudadanía, que pretende acentuar un régimen socialista pero resguardándose en los presupuestos de la centro-derecha.

En Cuba sigue este grupo de ancianos demacrados, una gerontocracia solo amenazada por la inminencia del sarcófago, que por más de cuarenta años se ha llenado las fauces de peroratas marxistas; pero siempre con el bolsillo cargado con algún habano Cohiba.

Y cuando su vida de “comunistas de lujo” —esa fauna de la que muy bien hablaba Reinaldo Arenas en su imprescindible Antes que anochezca— se vio amenazada por el desplome de la inviable Unión Soviética, entonces apreció Venezuela. Salvadora bolivariana del buen whisky posado en las mesas de mimbre. De los buenos puros y los paseos en yate por las costas de Varadero.

Pero Venezuela, como todo empresa condenada al descalabro por la gestión socialista, ya no podía ofrecer más. Y entonces la idea de ceder, en principios, en ideales, en doctrina, en dogma, ¡en todo! —amén de que el socialismo no es sino la ideología de los oportunistas—, fue tanteada. Y de repente los gringos ya no eran los enemigos, sino los futuros aliados comerciales.

Aún falta ver cómo termina esa historia, de lujos para la cúpula y de tragedia para los cubanos. Mientras, Venezuela sigue siendo expoliada. Y, mientras, quienes permiten el saqueo, representantes insignes del socialismo caribeño, también viven su vida de “comunistas de lujo”.

El modelo sería inviable si someter a las gentes al hambre y a la miseria no trajera consigo suntuosos almuerzos en Turquía. O el gasto diario de 2,6 millones de euros. O viajes en aviones privados, yates, relojes Bell & Ross y Rolex; una flota de 4Runner, escoltas, trajes Channel o zapatos Ferragamo.

Grotesco que el dictador venezolano presuma habanos y una cena orquestada por un payaso otomano. Pero es que, de no gozar del tiempo de ocio, cómo entonces podría seguir capitaneando la devastación de una nación. Cómo tendría la lucidez para promulgar resoluciones orientadas a profundizar la muerte.

Si estos soberbios socialistas no pudieran contar con un mundo que funciona gracias a la economía de mercado, tampoco tuvieran el lujo de ir ensayando con las gentes, sometiéndolas como conejillos de indias a sus cientos de experimentos mengelianos, todos condenados al ineludible fracaso y, en consecuencia, a la aniquilación de millones de personas.

Pero ahí andan. Dictadores, colectivistas de izquierda que, con seductoras palabras, atrajeron a cientos de miles a participar en sus experimentos. Regímenes que les garantizan una vida de abundancia, pero a cambio del paulatino desfalco de las sociedades. Porque, como dijo Josep Pla —aunque yo prefiero citar al gran Escohotado—, “el socialismo es un lujo pagado por el capitalismo”.

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