Para nadie es un secreto que dentro de esta colectividad hay dos alas, una radical, ultraconservadora y guerrerista, y otra más liberal, demócrata y tirada hacia el consenso y el diálogo.

La primera está claramente manejada por dos tipos de personas; los unos, rancios burócratas y saltimbanquis ambiciosos de siempre como Fabio Valencia Cossio y Jose Obdulio Gaviria, y otros menos viejos pero con el mismo hambre de poder y radicalismo como lo son Maria Fernanda Cabal, María del Rosario Guerra, Nubia Stella Martínez y Alicia Arango. Esas son justamente las personas que por debajo de la mesa lideran desde ya la más dura oposición al presidente Duque.

Pero por otro lado en el partido está la otra ala, la demócrata en la que hay gente buena, con ideas renovadoras, honestas y que anteponen los intereses del país a los suyos propios. Esos son por ejemplo Luis Guillermo Echeverri, su mentor y máximo consejero, o todos los profesionales técnicos y con gran preparación que ha ido nombrado para los altos cargos de su gobierno y los cuales nunca han participado activamente en política pero que conocen de las intenciones de Duque y por eso quieren ayudarlo.

El problema que tiene el presidente es que necesita de todos ellos, incluso de quienes no lo apoyan y nunca lo han hecho, para poder tener un gobierno exitoso. Si esto no sucede, su gobernabilidad se verá seriamente comprometida y los primeros que saldrán a pescar en rio revuelto serán los que le pondrán la trampa. Será misión entonces del expresidente Álvaro Uribe proteger a Duque, empezar a limpiar su propio partido y garantizar que el nuevo presidente tenga las garantías necesarias para cumplir con su misión.