¿Imaginemos el prolongado escándalo de la gran prensa occidental, si en un rincón de España un español –miembro de un club de motociclistas y tatuado con cruz de templario– asesinare un inmigrante chileno, activista de ultraizquierda antifascista, atacándolo por la espalda con una barra de hierro y rematándolo a patadas en el piso?

En la prensa el asesino sería un monstruo inhumano corroído por el odio racista y la víctima un mártir santificado. El club de motociclistas del español mutaría a la “luz” de los sesgos mediáticos en célula neonazi y la cruz templaría en gamada. El violento activismo del joven ultraizquierdista chileno se reportaría como activismo social pacifista. La víctima sería un mártir y el asesino un descendiente ideológico del nacionalsocialismo, haciendo lo que su fanática ideología le exigía.

Pero ha sido al revés. Un expresidiario ultraizquierdista nacido en Chile –tan de clase alta que sería nieto de un almirante de los tiempos de Pinochet– violento antifascista –revolucionario profesional internacional a tiempo completo– establecido en España, donde fue condenado a cinco años de prisión por dejar tetrapléjico a pedradas un guardia urbano que osó aproximarse a una propiedad okupada,  asesinó un español como cualquier otro, por el hecho de serlo.

Víctor Laínez, un español común asesinado en España por vestir tirantes con la bandera española. Un catalán contrario al separatismo catalanista –que aúpa terroristas etarras como héroes– e impuso un apartheid antiespañol desde el gobierno autonómico –ocasionando un polarizado ambiente de amenazas, insultos y violencia diarios encubierta por su propaganda victimista– No llegado recientemente al asesinato, del que no estuvieron lejos en el caso de dos mujeres agredidas salvajemente a patadas por portar la camiseta de la selección española de fútbol.

El que si llegó este mes al asesinado fue Rodrigo Lanza, imputado como presunto autor del asesinato de Laínez en Zaragoza. ¿Qué han dicho los testigos presenciales? Que Lanza golpeó por la espalda a Laínez con una barra de hierro. Lo pateó después en el suelo. Y se fue celebrando. ¿Por qué? Porque la víctima usaba tirantes con la bandera de España. Probando, para Lanza, que era miembro de “las clases enemigas”. Supongo que Lanza fue a “cazar fachas” y se antojó asesinar al de los tirantes. ¿Qué dice Lanza? Que fue defensa propia porque la víctima era un fascista que le dijo sudaca.

El joven criminal es un renombrado activista ultraizquierdista –indiscutible héroe “antifascista” y símbolo de movimiento okupa barcelonés. Paso cinco años de cárcel tras dejar tetrapléjico al guardia urbano Juan Salas el 4 de febrero de 2006. Su banda de okupas celebraba una ruidosa fiesta a la que acudió la policía y los revolucionarios los recibieron a pedradas, dejando a Salas en estado vegetativo de por vida. Lanza fue identificado, detenido, juzgado y condenado. Eso le hizo  protagonista del documental Ciutat Morta, que le considera inocente y acusa a la policía de torturas. El documental se emitió en la cadena de televisión pública del gobierno autonómico de Cataluña TV3. Oleadas de indignación izquierdista trasmutaron al peligroso fanático de criminal a víctima de prejuicios raciales e ideológicos –“raciales” por su nacionalidad, ideológicos por su marxismo–  Lanza declaró entre sollozos haberse sentido discriminado por sus orígenes. Obviamente, no los detalló.

La revuelta Okupa fue funcional al separatismo catalanista fortaleciendo su ala izquierda. Nadando entre dos aguas, podemitas locales la adoptaban por antisistema. Ada Colau llegó a alcaldesa de Barcelona, enarbolando entre otras banderas la del documental exculpatorio. Documental que obtuvo el máximo galardón municipal de la ciudad de Barcelona. Colau y Pablo Iglesias se solidarizaron públicamente con Lanza. Y aunque para los chilenos de bien las andanzas de Lanza sean una afrenta al gentilicio, la presidente Michelle Bachelet no dejó de solidarizarse con el criminal. No es de extrañar, es un niño rico ultraizquierdista de buena familia, en algún medio se informó que sería nieto del almirante Sergio Huidobro. El héroe revolucionario Lanza. Tras dejar a Salas en estado vegetativo de por vida, asesinó a Laínez por usar tirantes con la bandera española ¡en España!

Laínez pasó días entre la vida y la muerte sin que la prensa viera noticia alguna. Las primeras notas titulaban fallecimiento, no asesinato. Cobertura sesgada y escasa aunque un pequeño escándalo era inevitable. Poco en España, menos en el resto del mundo. Los que insistieron buscaron criminalizar a la víctima y victimizar al asesino. No vimos abundantes editoriales ni sesudos análisis sobre la ideología criminal consubstancial a la brutal violencia asesina. Para la mayor parte de la prensa los papeles del drama están invertidos. El que hubieran preferido en el papel de asesino fue la víctima, y el que hubieran llevado a los altares del martirio como víctima, resulta ser el cobarde asesino. Con el tiempo, otro documental invertirá hechos para invertir papeles. Por ahora cobertura superficial, y rápido olvido. Los sesgos de la prensa siguen siendo los que denunciaba Jean-Francois Revel en El conocimiento inútil.

Juan Salas seguirá en estado vegetativo. Cuando Lanza le fracturó el cráneo Salas tenía 39 años. Víctor Laínez 55 cuando lo atacó por la espalda con una barra de hierro, para patearlo en el piso, causándole una agonía mortal que duró días. Apenas fue noticia porque de profundizar en lo ocurrido la causa de los dos crímenes resulta la misma. Una ideología criminal impulsó a Lanza al exterminio de “las clases enemigas” y el revolucionario la puso en práctica con simples y cobardes medios. Es previsible que le condenen por lo que hizo –probablemente con menos severidad que de haber sido contrarios los papeles de la tragedia– y se puede dudar que cumpla toda la condena. No le faltarán valedores políticos e intelectuales luchando por acortársela.

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