Chile: la desigualdad no es el problema (Be)

Un mar de buenas intenciones se leen en los medios estos días. Que trabaja para lograr hacer crecer la economía, que se intenta generar mayor empleo con esperanza de llegar a los 600.000 al final del periodo presidencial, que se quiere recuperar la confianza, etc.

Todo muy deseable por supuesto y son aspiraciones no sólo legítimas sino esperables de parte de toda la ciudadanía de manera transversal. Es difícil pensar que existan individuos que no compartan esos buenos deseos, el punto es saber cómo llegar a esos objetivos, evaluar si la ruta a seguir tiene es la correcta o no.

Cuando las soluciones a los problemas de la nación se hacen basándose en el diagnóstico social que dicta que la causa de la falta de armonía proviene de la desigualdad, podemos esperar que dichas soluciones vayan de acuerdo al problema que intentan resolver, que en el caso de chile, admitido por todos los gobiernos desde Ricardo Lagos en adelante, es la desigualdad.

Ahora bien, consideremos el hecho de que no porque el diagnóstico esté generalizado, impregnado en el pensamiento colectivo, masificado por los medios y respaldado por las autoridades políticas, este se vuelve correcto. Las personas son falibles y sus diagnósticos también pueden serlo sin importar cuan populares se hayan vuelto. No hace falta sino mirar la historia de Galileo para entender que la mayoría no siempre tiene la razón y mucho menos en economía que es una ciencia que necesita considerar variables tan sensibles como el comportamiento humano.

Esto es importante establecerlo, pues dado que el diagnóstico del problema país es la desigualdad, se nos imponen soluciones gravosas que logran lo opuesto a lo deseado. Bien hace el gobierno en intentar recortar ciertos gastos y dar al menos la impresión de austeridad, pero este discurso parece ser frágil y desaparece cuando vemos que se sostienen muchos de los aparatos que drenan las finanzas públicas y en vez de recortar los gastos, estos incluso aumentan con la creación de nuevas burocracias.

Cuando se trabaja para reducir las brechas materiales entre las personas, el gobierno se centra en lo observable y medible en cortos periodos. Quizás se hace porque es un objetivo fácil de vender, la horrorosa desigualdad, eso de que unos tengan más que otros, que unos ganen demasiado y otros apenas lleguen a fin de mes, les parece aturdidor y sórdido y la lucha contra aquello, tiene buenos réditos políticos, pero no es posible de realizarse sin aplastar la libertad en alguno de sus aspectos.

Verán, la igualdad material, que es aquella a la que el mundo progresista aspira, tiene por trasfondo el hecho de que hay personas que han tenido menos oportunidades en la vida y que esa cancha debe ser emparejada. Esto nos da dos variantes de la corriente progresista igualitarista: la primera, es aquella que promueve eso llamado la “igualdad de oportunidades” y la otra, que es el izquierdismo más radical y puro, promueve sencillamente la igualdad de resultados. Tener ambos es imposible y para ambos es necesario reducir al mínimo la libertad.

La igualdad de oportunidades, automáticamente descarta la posibilidad de resultados iguales. Me explico. Si el objetivo es igualar las bases sobre las cuales las personas construyen sus vidas, esto implicaría aceptar los resultados que de esto surjan puesto que el origen es en teoría, justo, por lo tanto, si en el camino, unos aventajan a otros, esto tendrá que ser aceptado sin reclamos, pues es un resultado natural derivado de las diferencias inherentes entre seres distintos.

Como ejemplo, podríamos igualar toda la educación a cierto nivel, par a que nadie tenga ventajas sobre otro, pero lo que los diferentes individuos logren alcanzar con dicha educación será diferente, puesto que la individualidad existe al margen de la aprobación del dirigente de turno. Esto significa que unos  alcanzarían objetivos más elevados que otros y por ende tendrían una calidad de vida mejor que otros y nada de esto podría ser cuestionado porque las bases fueron justas y parejas.

La siguiente generación se vería obligada a ceder sus bienes materiales al Estado y este los volvería a redistribuir arbitrariamente para lograr igualdad en la base educacional.

Lo que el progresismo ve en esta situación es que para que unos lleguen arriba, otros están abajo y no comprenden que pese a las diferencias, la gran mayoría sí se movió del punto cero y avanzó.  De todas maneras la libertad de pasarle a la posteridad el fruto de ese avance, estaría completamente coartada por un Estado que se ve obligado a igualar bases con cada nueva generación.

En el otro caso, ya hemos visto su comportamiento. Es ese discurso de quitarle al rico para darle al pobre. Chávez lo utilizó en Venezuela y hoy vemos que cada vez están más cerca de la igualdad material absoluta, pero en la miseria. Es que cuando la igualdad es el objetivo, no tienes más opciones que estas dos mencionadas.

O eliges las oportunidades aplastando la libertad de crear tus bases y/o heredar los frutos de tu avance, o te inclinas por la supresión de la libertad de propiedad privada, que incluye finalmente hasta el cuerpo mismo y lo traspasas al Estado que distribuirá arbitrariamente, pero solo hasta que ya no quede nada que distribuir, pues este último sistema acaba con todos los incentivos para producir.

Quizás sería bueno que el gobierno de Chile abandonara de una buena vez la idea e intención de caerle bien al progresismo para lograr acuerdos. La oposición es voluntariosa, radical y obstruccionista sin importar las concesiones que haga el gobierno, pero este último si fue elegido para reordenar las prioridades país y trabajar por aquello que en verdad preocupa a los chilenos, temas como la pobreza, el desempleo, seguridad, salud, educación, justicia y libertad.

La desigualdad, por su parte, ni siquiera está en la lista. Es bueno que el gobierno lo recuerde al momento de trazar planes. La única igualdad justa, es ante la ley.

 

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