La elección presidencial en Chile la han determinado la polarización, el egoísmo en su máximo esplendor de un importante sector de estudiantes universitarios, el paupérrimo desempeño de este gobierno, la delincuencia desatada, el déficit fiscal sin precedente, el auge de instituciones públicas sin sentido y los escándalos de la izquierda.

En condiciones normales de cualquier país, las circunstancias hubieran favorecido al candidato de centro-derecha, quien es Sebastián Piñera en el caso chileno. No obstante, el resultado de la primera vuelta de las elecciones obligó a Piñera, quien le fue peor de lo esperado, a enfrentarse en segunda vuelta al senador oficialista Alejandro Guillier. En los últimos días, ambos candidatos han reestructurado su discurso, lo cual requiere una reflexión más profunda.

Los gobiernos, como las personas, tienen virtudes y defectos. Una dictadura tiene por defecto la supresión de las libertades de los ciudadanos, y la chilena no fue la excepción. Sin embargo, distante a muchas otras, el impronunciable y a veces satanizado gobierno de Augusto Pinochet tuvo virtudes en términos económicos, aciertos que hoy podemos palpar y disfrutar todos los chilenos. Tales aciertos están relacionados a la liberalización de la economía

Tradicionalmente la izquierda ha reclamado que la “liberalización de la economía” beneficia solo a los ricos, generando aversión entre las clases más populares. Sin embargo, dicha tesis es del todo falsa y Piñera debería apostar por refutarla como estrategia electoral. Si el expresidente logra hacer amigable y dignificar el liberalismo entre las clases más pobres de Chile podría aumentar sus adeptos sin sacrificar los que tiene, ampliando su base electoral sin perder el foco y el pragmatismo de sus propuestas.

Los lugares comunes políticos incluyen frases como “los políticos son unos ladrones, solo quieren llegar al poder para enriquecerse”, o “todos los candidatos son unos mentirosos”. Siguiendo esa misma lógica, el comando de la campaña de Piñera puede decirles a los chilenos que apoyan a la izquierda, ya sea la Nueva Mayoría de Michelle Bachelet o el Frente Amplio de Beatriz Sánchez, lo siguiente:

“El Estado no es un ente sin rostro, sino que es una burocracia compuesta por personas, como cualquiera de nosotros, con virtudes y defectos, con inclinaciones como las de cualquiera. Por eso nosotros vamos a dejarle a usted más de su propio y restarle al Estado dinero de los contribuyentes. Así, los burócratas del Estado tendrán menos dinero a la mano para robarles a los ciudadanos”.

Dicho mensaje también puede atraer la atención de los apolíticos cuyos votos serán cruciales en la segunda vuelta, la cual se llevará a cabo el 17 de diciembre.

El equipo de Piñera también debería enviarles un mensaje liberal a los jóvenes universitarios que votaron por la izquierda dada su irresponsable promesa de la “gratuidad” completa en la educación. Dicho mensaje podría ser:

“No te puedo ofrecer educación gratis porque alguien tiene que asumir sus costos, y no es justo que tu carrera la paguen los demás, incluyendo quienes no han ingresado a la educación superior ni lo harán. Pero sí te puedo ofrecer una economía saludable, por medio de la cual tendrás mayores probabilidades de encontrar un buen trabajo tras tu graduación, y a sí podrás pagar en cuotas moderadas la Carga Anual Equivalente (CAE) si es que no llegas a obtener una beca. Te ofrezco eso y no, estudio gratis y desempleo por las nubes para cuando termines”.

La liberalización de la economía ha beneficiado a sociedades enteras, aumentando las posibilidades de movilidad social e incrementando tanto el poder adquisitivo como las oportunidades de todos. En el libre mercado, sobre todo se benefician los más pobres. Develar esta realidad, usando los términos más sencillos posibles y ajustando los mensajes para los diferentes públicos es probablemente el reto más grande que tiene el comando de Chile Vamos, el movimiento que lidera Piñera.

Aunque en Chile han surgido varios think tanks de corte liberal, el resultado electoral del pasado 19 de noviembre deja claro que no están llegando a donde partidos de izquierda como el Frente Amplio sí lo están haciendo. Los debates académicos y la producción intelectual ciertamente son una plusvalía que ofrecen los centros de pensamiento de orientación liberal. No obstante, el mayor impacto debería estar asociado a la influencia que ejercen en la sociedad, en la transformación cultural de una población que predominantemente se ha identificado con la izquierda así la mayoría no sepa con certeza qué significa el socialismo.

La bandera de los derechos humanos y de las minorías, incluyendo las sexuales, nunca han sido patrimonio de la izquierda. Aunque los candidatos de la izquierda chilena se arroparon de estas causas en los debates, en la práctica ninguno de los gobiernos que aplicaron los métodos que ellos proponen, por ejemplo la dictadura de Fidel Castro, defendieron ni los derechos humanos ni a las minorías sexuales. Por el contrario, han sido sus mayores perseguidores.

Sebastián Piñera, si quiere ganar las elecciones en las próximas dos semanas, necesita reivindicar y dignificar lo que significa ser liberal, lograr hacer conectar a jóvenes y adultos, pobres y ricos, con la idea de que la sociedad funciona cuando le permite al individuo desarrollar sus talentos sin obstáculos innecesarios, mientras que maximizar el Estado implica suprimir al individuo. Piñera debe reiterar que el esfuerzo, el talento y una economía libre son los mejores pilares para el progreso de la sociedad chilena.

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