El periodista desestima las versiones que sugieren que al atentado contra Nicolás Maduro no fue legítimo. (JonLeeAnderson)

Jon Lee Anderson sabe, a veces, de qué habla. Pese a sus claras simpatías con procesos revolucionarios, el destacado periodista, escritor y reportero, ha sido un incisivo crítico del régimen chavista; sobre todo siendo timoneado por Nicolás Maduro —aunque apologista al principio, claro; casi embobado por el fenómeno de Hugo Chávez—.

En su última columna en The New Yorker, Anderson se explaya sobre el atentado a Maduro que ocurrió el pasado sábado 4 de agosto. Según el periodista estadounidense, sí fue un intento legítimo de asesinar al dictador; y explica por qué.

“Es cierto que las relaciones de Venezuela con Estados Unidos y Colombia han sido extremadamente tensas por más de un año —más desde la decisión de maduro de asumir poderes cuasi-dictatoriales al reemplazar el Congreso de Venezuela, dominado por la oposición, con uno nuevo—. Le siguieron cuatro meses de disturbios civiles —durante los cuales ciento cincuenta personas, mayormente disidentes, fueron asesinadas— y, cuando todo acabó, Maduro clamó victoria. Pero la atmósfera de represión violenta, junto a las desgracias causadas por el colapso de la economía petrolera de Venezuela, ha derivado en un sentimiento nacional de desesperación y ha acelerado el éxodo masivo de los ciudadanos”, escribe Jon Lee Anderson.

Luego, se lee en The New Yorker sobre el atentado: “Por todo esto, Maduro es responsabilizado, y despreciado, por los venezolanos. Dado los profundos sentimientos en su contra, no debe sorprender, entonces, que algunos de sus conciudadanos —de la extrema derecha o no— deseen asesinarlo”.

Según el periodista, en Venezuela los diecinueve años de Revolución han creado una cultura política de “el ganador se lleva todo”.

También menciona el caso del piloto rebelde Óscar Pérez. Cómo fue asesinado, a pesar de su rendición. Y cómo, en contra del clamor popular, el piloto y su grupo fueron señalados como terroristas.

“¿Es posible que, como Maduro dice, un grupo de venezolanos conspiraron para asesinarlo, potencialmente con la ayuda o el apoyo de EEUU y el Gobierno colombiano? La respuesta corta es que, sí, si es posible”.

A continuación, Jon Lee Anderson empieza a mencionar las reseñas sobre el clima dentro del mundo castrense. Esto es fundamental, porque, dada la tesitura, es natural que se dé una expresión como la del sábado 4 de agosto. Escribe: “En meses recientes, una serie de arrestos de militares en Venezuela han coincidido con reportes filtrados sobre conspiraciones de golpe de Estado”.

El escritor del reconocido libro Che Guevara: a revolutionary life (1997) y Guerrillas: journeys inside the insurgent world (1992), alude a la crisis migratoria que padece Colombia por el éxodo venezolano. Por ello, menciona las preocupaciones del presidente Juan Manuel Santos al respecto y sus pronósticos sobre la inminencia de un alzamiento armado contra Nicolás Maduro.

“Le pregunté a Santos sobre la posibilidad de una toma del poder por parte de los militares en Venezuela. Él reconoció que no se oponía a la idea de un golpe militar. Él habló de su conocimiento sobre la existencia de varios grupos militares venezolanos que estaban activamente planeando eso”.

Al final, Jon Lee Anderson dice: “Pero el sábado no ocurrió un golpe de Estado. El ataque del drone, aunque ciertamente original, fue empañado por un aire de improvisación amateur, y falló de forma espectacular al intentar lograr su objetivo: asesinar a Maduro”.

“E, incluso sucediendo eso, no habría garantía de que se hubiera logrado un cambio de poder en Venezuela. Maduro hubiera sido reemplazado por su vicepresidente, o, quizá, por un general más leal”, concluye el periodista.

En síntesis, Jon Lee Anderson desestima las versiones de que el atentado hubiera sido planeado por ellos mismos, o que hubiera sido simplemente el estallido de una bombona de gas, que generó pánico. Al principio del texto, evalúa los audiovisuales que existen sobre el momento. Dice que “los informes” que dan por cierta las teorías de que no hubo un intento de magnicidio, “parecen ser engañosos”.

Para leer la columna de Jon Lee Anderson en The New Yorker, haga click aquí



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