Socialismo del Siglo XXI: la gran confabulación (Archivo)

El socialismo del siglo XXI tiene varias vidrieras en América Latina. Cada una de ellas es peor que la otra. En todas ellas se parecía una trama inconfundible en donde confluyen características que son, para los socialismos, irrenunciables. Todas ellas consisten en una gran confabulación contra la libertad, los mercados y el respeto por la dignidad de las personas.

Aunque a primera vista algunos quieran hacer vernos las diferencias, una reflexión más sesuda nos puede mostrar las coincidencias. La experiencia nicaragüense no es más sociopática que la que vivieron los argentinos con los Kirchner.

Lo que realizó Rafael Correa en su país no tiene nada que envidiarle a la trama eterna en la que está imbuido Evo Morales. El Brasil del Partido de los Trabajadores, con Lula y Dilma a la cabeza, no dudaron ni un instante en practicar los idearios del Foro de Sao Paulo y extender sus tentáculos por el resto del continente. Cuba y Venezuela son la misma versión presentada en dos momentos históricos diferentes.

Pero la barbarie es la misma. Y la obsesión por transformar el oprobio en un proyecto continental no ha cesado nunca, ni siquiera cuando la realidad demuestra que el fracaso es la rúbrica indisoluble de todos ellos. Si hay diferencias, ellas tienen que ver con los rangos de fortaleza institucional, el coraje de los ciudadanos, y los tiempos que viven cada una de esas experiencias. Recordemos que los populismos solo sobreviven mientras tengan recursos disponibles para la dilapidación y el saqueo. ¿Cuáles son esas características?

  1. Violación pertinaz de derechos humanos esenciales. El derecho a la vida, el derecho al debido proceso, los derechos de propiedad, el derecho al ejercicio pleno de la ciudadanía, la libertad de información, expresión y movilidad plena, el derecho a disponer de telecomunicaciones sin censura. El derecho a reglas del juego claras, al derecho a un sistema judicial comprometido con administrar justicia. El derecho a la seguridad ciudadana. Ninguno de los derechos inventariados está realmente garantizado. De hecho, todos ellos están subordinados a la gestión populista de supuesta justicia social y al chantaje constante que busca convencer de una falsa dicotomía entre la vigencia del socialismo o el caos.
  2. Generación de una nueva clase económica afincada en un capitalismo de compinches. Todas las versiones provocan arreglos empresariales sui géneris. Todos esos arreglos provocan corrupción institucional masiva, sobre costos en las contrataciones públicas, ineficiencias crecientes y a la larga un colapso brutal de los servicios públicos. Los socialismos del siglo XXI tienen en común una forma muy perversa de malversación trasnacional de los fondos públicos, y la creación de una nueva generación de mega-millonarios expertos en fraude y lavado de dinero y, por lo tanto, delincuentes de cuello blanco sin ningún tipo de escrúpulos.
  3. Patrocinio de una intelectualidad complaciente y nostálgica de un socialismo diferente: Si algo ha resultado realmente esplendoroso es ver cómo se posicionan los intelectuales ante estos socialismos reales. En todos los casos se ha promovido la vigencia de una intelectualidad adicta al halago, defensora a ultranza del socialismo, y perpetradora de una oposición soft, también socialista, pero disfrazada de progresista, dispuesta a convivir plácidamente con el régimen, especializada en perder elecciones, pero para convalidar lo existente, y en negociar incesantemente para que nada cambie. Esta intelectualidad es trasnacional, y en caso extremos, folclórica y kitsch.
  4. Persecución pertinaz de los mercados. Los socialismos del siglo XXI son expertos en regulaciones, barreras y tasas fiscales y parafiscales que terminan destruyendo la empresarialidad y desviando el ánimo emprendedor a otros países más benignos en términos de fomento de la competencia y libertades económicas. Todas practican controles de cambios, controles de costos y precios, controles laborales y acosos a cualquier tipo de competencia. Todas odian el éxito capitalista. El índice Doing Business 2018 refleja lo dicho: Venezuela ocupa el puesto 188 de 190 países. Está en el foso de las dificultades. Bolivia está en el puesto 152, Nicaragua en el puesto 131. Incluso Brasil (125) y Argentina (117) se encuentran ubicados en puestos que comprometen su empresarialidad, y que reflejan la pesada heredad de largos períodos de socialismo populista que luego es difícil de superar.
  5. Incremento de las burocracias públicas desinstitucionalizadas y sectarias. La nómina pública de los socialismos del siglo XXI es abundantes, ineficientes y dadas a transformarse en grupos paramilitares, violentos y denodadamente clientelares. El error de mantener empresas públicas se exacerba con el diletantismo que sustituye el merito del saber especializado por la lealtad perruna al proceso. El resultado es la baja calidad de los servicios y la transformación progresiva de los funcionarios en parte del policial-socialismo. Solo sirven para ser parte de un sistema de delación y montaje fraudulento de procesos contra cualquiera que disienta.
  6. Quiebre de las economías productivas y colapso monetario. Menos empresas, caídas del PIB, inflación creciente, desfalco de los recursos del país y desagüe de las reservas internacionales. Todo esto practicado dentro de una opacidad absoluta y una rendición de cuentas fraudulenta. Al final se niegan al público indicadores sobre la economía, se falsean otros, y se violenta cualquier iniciativa de control ciudadano.
  7. Descalabro institucional, colapso de los poderes públicos y defenestración del sistema de justicia. Que nadie dude. Los socialismos son gobiernos de facto que repudian la legalidad y tienen un guión desinstitucionalizador. A diferencia de otras formas de dictadura, los socialismos del siglo XXI son sinuosos, se afincan en los eufemismos, y elaboran sofisticados procesos para terminar apropiándose de todas las instituciones para fundirlas indebidamente en el proyecto revolucionario. Todo socialismo aspira a su “comandante supremo”, “máximo líder”, “presidente del pueblo” o cualquier formato similar que refleje la verdadera intención: concentración nefasta del poder. Y ya sabemos que el poder absoluto corrompe absolutamente.

Se le atribuye a George Orwell la siguiente cita: “El lenguaje político de los socialismos está diseñado para hacer que las mentiras suenen confiables y el asesinato, respetable; y para darle la apariencia de solidez al mero viento”. Por esta misma razón tenemos que ser pedagogos de la claridad, y más allá de las supuestas diferencias, enfocarnos en tendencias esenciales: el deprecio por lo humano, la corrupción, la crueldad, el colapso económico, la debacle de la vida de los ciudadanos. En eso consiste la gran confabulación.

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