“Ni a ustedes ni a nosotros ni a la comunidad indígena nos conviene que se sepa lo que ocurre aquí”, dice el comandante ‘Julián’ alzando la voz mientras se acomoda el fusil que lleva terciado en su espalda. (Vea aquí las rutas del tráfico ilegal del Coltán)

El guerrillero, de unos 40 años, de jean y camisa a cuadros de color rojo, habla tranquilo, como si no le perturbara el agua que se entra por sus botas de caucho, que están parcialmente sumergidas en el río Inírida. “Yo les aconsejo que se vayan; aquí no dejamos tomar fotos, hacer entrevistas ni exponer a nuestra gente”, agrega en tono indulgente.

Él y dos de sus escoltas, uno blanco y otro indígena, también armados, están encima de una piedra, en la mitad de un imponente raudal, que es el último de los cinco que hay que atravesar desde Puerto Inírida para llegar a la mina que resguarda el frente ‘Acacio Medina’ de las Farc -una facción del frente 16-, que, según la Policía, cambió el polvo blanco de la coca por las arenas negras de donde se extrae la piedra azul grisáceo que está en apogeo en la Orinoquia: el coltán.

Esas piedras son las protagonistas silenciosas de una historia que les ha cambiado la vida en esta zona del país, para bien o para mal, a miles de indígenas, a cientos de colonos, a misteriosos compradores foráneos y hasta a los mismos guerrilleros.

El coltán es una mezcla de dos minerales (columbita y tantalita), dos conductores de energía escasos en el mundo y fundamentales en la industria tecnológica. Las autoridades mineras dicen no haber encontrado depósitos importantes de estos minerales en el país, pero todo indica que las Farc explotan, desde hace tres años, una mina que hoy emplea a 600 personas (unos 500 indígenas y 100 colonos) y que produce cada mes un promedio de 60 toneladas, según cálculos de la policía local.

Está a unas cuatro horas por río del raudal donde está el comandante ‘Julián’, en una montaña conocida como Cerro Tigre, entre las comunidades indígenas de Zancudo y Guacamaya, en pleno corazón del Parque Nacional Puinawai, a un día y medio por río de la capital del Guainía.

Tres años de hallazgos

La primera vez que se habló del coltán en ese departamento fue en el 2009, cuando la entonces alcaldesa, Martha Zulia Parra, tuvo un grave problema con las comunidades indígenas, que se le rebelaron porque ella se oponía a que sacaran el mineral, por el que intermediarios de multinacionales pagaban en la selva hasta 20 millones de pesos por tonelada.

Un año después, cuando fueron decomisadas las primeras 17 toneladas de coltán en Puerto Inírida, llegó a ese municipio la multinacional Disercom. “Resultó que el segundo de esa empresa era uno de los hermanos Cifuentes Villa, asociado al cartel de Sinaloa, de México”,dijo el comandante de inteligencia de la Policía en Puerto Inírida, el capitán Rafael Fernández. En el 2011, el general Óscar Naranjo, entonces director de la Policía Nacional, prendió las alarmas al revelar que el cartel de Sinaloa y las Farc estaban apareciendo “como dos aliados para la explotación del coltán, según lo evidencian los correos hallados en distintos dispositivos electrónicos de las Farc. Hay un marcado interés por esta explotación ilegal en zona de reserva natural e indígena”.

Ese marcado interés puesto de manifiesto por Naranjo se ve ahora cristalizado en la megamina a cielo abierto en que se ha convertido Cerro Tigre. Unos 100 metros cuadrados de montaña han sido desbastados, según lo confirman fotos aéreas tomadas por la Policía, que el año pasado tenía un operativo montado para allanarla y que “fue frenado por una orden superior”, agrega el capitán Fernández. “Alguna vez hubo árboles de más de 20 metros de alto, pero hoy hay una especie de canteras donde se extrae el coltán”, agregó un indígena que trabaja en la mina desde hace dos años. Los mineros laboran por áreas de unos siete metros, donde abren huecos en la tierra con ayuda de palas y sistemas de inyección de agua a presión. Luego, cuelan la arena negra en unas zarandas para poder extraer las piedras.

“Este trabajo no es fácil; no crean que nos estamos volviendo ricos”, dice un indígena de Zancudo, que prefirió omitir su nombre. “En un día normal sacamos cinco kilos de piedra, y por cada kilo nos pagan 9.000 pesos; son 45.000 pesos, que apenas sirven para comer”,cuenta un colono paisa que se fue a vivir en el 2010 a Zancudo para trabajar en la mina, en pleno auge de la fiebre del mineral. Lo paradójico es que en el mercado internacional -a precio de la bolsa de valores de Londres- cada kilo se paga a 162.000 pesos colombianos; es decir, 18 veces más que lo que les pagan a los mineros por extraerlo.

También se controla la comida. La mina, que está rodeada por improvisados campamentos, las familias de los mineros preparan comida, y en otros más grandes funcionan dos restaurantes, cuenta Andrea García, indígena de 19 años y con nueve meses de embarazo, que trabajó en la mina hasta hace cuatro meses ayudando a su papá en la venta de comida. “Cada plato (desayuno, almuerzo o comida) cuesta 12.000 pesos en los restaurantes”, agrega. La gaseosa dos litros vale 15.000 pesos y el arroz crudo, que se les vende a las familias de los mineros, 6.000 pesos la libra, más 1.000 pesos que cobra la guerrilla por dejar entrar cada kilo. El negocio de la alimentación es controlado por comerciantes, que le pagan impuesto a la guerrilla.

Una ruta costosa

Una noche antes del encuentro con el comandante ‘Julián’ llegó a la comunidad indígena de Danta una lancha cargada de piedra. La trajo un comprador blanco, desgarbado y de pocas palabras, para guardarla en una especie de maloca porque no la podía sacar de la zona, pues no le había alcanzado la plata para pagarle el impuesto de salida a la guerrilla, que cobra 5.000 pesos por cada kilo. Además de este gasto, dice el comprador, hay que pagar 1.000 pesos por kilo más para bajar la piedra de la mina hasta Puerto Cambalache, y otros 1.200 pesos por kilo para transportarla hasta Puerto Nariño, en Guainía, donde la mercancía es entregada a otro intermediario, que deberá llevarla, por tierra, hasta Villavicencio y luego a Bogotá.En la capital, el coltán nuevamente cambia de manos y es entregado a una red que lo saca hasta un puerto, que las autoridades no han determinado, para luego llegar a los mercados internacionales.

Rumaldo, un motorista indígena cojo y que transportó coltán por dos años, contó que debió dejar el negocio en febrero, cuando las Farc asesinaron al comprador que lo contrataba. Resultó que don Darío, como se hacía llamar el comprador, “era un supuesto infiltrado del Ejército, por lo menos eso nos dijeron antes de prohibirnos el ingreso a la mina a unos cinco motoristas que trabajábamos con él”, dice Rumaldo y agrega que solo don Darío sacó más de 100 toneladas de piedra por esa ruta, donde el único obstáculo visible para traficar es un pequeño campamento de la infantería de marina, que está cerca de Puerto Inírida y muy lejos de la mina, con unos diez soldados. Pero esta no es la única ruta. Hay otra que, en lugar de bajar por el río hasta Puerto Inírida, sube contra la corriente por comunidades indígenas, hasta llegar a San José del Guaviare. Y de allí, por tierra hasta Villavicencio.

Aunque el negocio es muy evidente en la zona, el coronel Frank Chaustre, comandante de la Policía de Guainía, dice que no hay evidencia reciente de extracción de coltán en Guainía y que lo que se está sacando ahora es una sustancia denominada tungsteno, que es otro mineral usado para blindajes y para la construcción de modernos aviones porque es muy liviano, pero endurece el acero. No obstante, según cifras de la misma Policía, el 80 por ciento de las incautaciones de la zona es de coltán.

Es un hecho que hay coltán en Guainía, asevera el gobernador del departamento, Óscar Rodríguez. “Lo que está ocurriendo es que el Estado se ha dormido en asumirlo y a las autoridades militares locales se lo están camuflando como tungsteno, un mineral que sí tiene una licencia de explotación y que es mucho más barato”, agrega.

Luis Bernal, ingeniero de la Agencia Nacional de Minería, antiguo Ingeominas, dice que también influye la falta de conocimiento sobre el coltán en el país. “Eso hace que a muchas autoridades -dice- que no tienen equipos de medición les metan gato por liebre; exportan tungsteno cuando realmente es coltán, que cuesta ocho veces más”.

Falsa bonanza

Pese al alto valor de la piedra, en las comunidades indígenas no hay evidencia de bonanza. La pobreza y el hambre rondan entre los 18.000 indígenas del departamento. En Danta, a cuatro horas de la mina, no hay agua potable ni energía; la escuela no tiene profesor, el Compartel está sin señal y el puesto de salud, sin médico ni medicamentos.En la dieta de los indígenas predomina su tradicional arepa de yuca (casabe), pero escasean el arroz y la panela, que se han encarecido por estar en un área cercana a la mina. Como agravante, los indígenas de esa comunidad (unos 200) ya no comen pescado. Y no porque hayan perdido esa tradición ancestral, sino porque la guerrilla prohibió la pesca, argumentando proteger el medio ambiente. Se sospecha que es una forma de presión para obligarlos a trabajar en la mina. “Si no tenemos qué comer, pues toca ir a trabajar sacando piedra”, dice el capitán indígena de la comunidad de Danta, Germán Moyano.

El comandante ‘Julián’ se moviliza en una lancha ambulancia, que ‘tomó prestada’ de la comunidad indígena de Danta, para salir a hacer su ronda de ‘cobro de impuestos’, que no es solo para el coltán, sino para el oro y la comida que entra a la zona.

Así llegó hasta el raudal donde abordó al equipo de El TIEMPO. “Esta gente necesita trabajar -dice-; de verdad que dan ganas de llorar el estado de abandono en que están estas comunidades. El negocio está y hay que hacerlo, y nosotros lo regulamos, o qué prefiere, periodista, que esperemos a que llegue una multinacional y se lleve toda la riqueza de esta tierra”. Al cabo de 20 minutos, su paciencia se colmó: “Mire, se lo voy a decir la última vez: entrar a la mina es posible, pero no le puedo garantizar la salida”. Minutos después, la lancha ambulancia se perdió por el río.

‘Hay dos millones de hectáreas con potencial’

El viceministro de Minas, Henry Medina, responde interrogantes sobre el coltán en la Orinoquía.

¿El Gobierno subestima el tema del coltán?

No, no es cierto. Todo lo contrario. Con el fin de evitar que la explotación del coltán se dé de manera indiscriminada e irracional, la Agencia Nacional de Minería, mediante la Resolución No. 0045 del 20 de junio del 2012, declaró 17,5 millones de hectáreas como Áreas Estratégicas, en las que se encuentran estas zonas con potenciales.

Según el Ministerio, ¿hay coltán en el país?

En los departamentos de Vichada, Guainía y Vaupés se reporta presencia de coltán. Fueron identificadas cuatro sub-áreas que corresponden a más de dos millones de hectáreas con potencial, pero es necesario realizar mayores estudios para corroborarlo, y para esto el Servicio Geológico Colombiano se encuentra adelantando un proceso de contratación de técnicos expertos en esta materia.

Pero las Farc parecen haberlo corroborado: tienen una mina.

En los casos de explotación ilícita de minerales, la fuerza pública verifica este tipo de información y procede según las leyes colombianas.

¿Cuánto tarda una explotación de tipo legal?

Para la explotación de cualquier mineral en estas áreas mencionadas, que son reserva forestal, el Ministerio de Medio Ambiente debe primero zonificarlas. Luego, la Agencia Nacional de Minería debe desarrollar procesos de selección objetivo (subastas), y una vez se hagan estos procesos y haya un ganador, éste debe hacer todos los procedimientos que exige la ley, como lo pueden ser, en caso de presencia de indígenas, consultas previas; posteriormente, licencias ambientales y además buscar la aprobación técnica de planes de trabajo y obras por parte de la autoridad minera. Los proyectos mineros puedan tardar entre 10 y 15 años para empezar a producir.

En vichada
Solo hay un título legal

Según la Agencia Nacional de Minería, en Guanía no hay ninguna licencia de explotación legal de coltán ni de tungsteno ni de ninguno de los minerales que se enmarcan técnicamente en el país como ‘arenas negras’ -así se conocen para efectos legales y de exportación las arenas ricas en minerales y elementos como la tantalita o la wolframita o tungsteno. No obstante, en Vichada sí hay una licencia vigente de explotación. Le fue otorgada, en 1995, a Rafael Alberto Rodríguez, quien obtuvo el título para explotar en el sitio conocido como El Caney de los Cristales, cerca del río Guaviare. Hoy, su licencia se denomina de ‘arenas negras’, lo que le permite exportar la piedra.

Esencial en la tecnología

El coltán se utiliza en la fabricación de condensadores electrolíticos de tantalio. Es un componente esencial de los dispositivos electrónicos muy compactos, como teléfonos móviles, GPS, satélites artificiales, marcapasos, misiles, televisores de plasma y computadores portátiles. Es mucho mejor conductor que el cobre; ultrarrefractario, capaz de soportar temperaturas muy elevadas, unos 3.000 grados centígrados. Además es muy maleable, dúctil y de gran dureza. Por otro lado, es capaz de almacenar altas cargas eléctricas de forma temporal y liberarlas a medida que se necesita. Tiene alta resistencia a la corrosión.

JORGE QUINTERO
Enviado especial de EL TIEMPO