Para que estemos claros de entrada: la campaña presidencial de Óscar Iván Zuluaga fue infiltrada por un supuesto hacker, que no era más que un vendedor de humo y mentiras, con el único propósito de alterar e incidir en el resultado electoral. En otras palabras: el régimen, para asegurar su reelección, ideó un plan, de esos bien maquiavélicos a los que está acostumbrado, para enlodar la aspiración de Zuluaga y mostrarlo ante los electores como un político tramposo y delincuente. Dicha treta, aunada a los ríos de plata para comprar votos y apoyos, el infame sicariato judicial de Montealegre, así como también la aquiescencia de los medios de comunicación “enmermelados”, le dieron la presidencia a Santos, lo que, sin lugar a dudas, lo convierte en un líder ilegítimo. Por lo menos a los ojos de la gente de bien.

En cualquier país medianamente decente, semejante escándalo habría copado los titulares de la prensa, desenmascarando a los autores de esa gran felonía, pero no: aquí, en la tierra del Sagrado Corazón, hay unos que tienen licencia para delinquir, sin que nada les pase, más aún cuando la pauta y los contratos oficiales están a la orden del día para conseguir todo lo que sea menester. Sin embargo, hay algo que el régimen nunca podrá comprar, porque no tiene precio: el amor del pueblo y eso les duele en lo más profundo de su infinita vanidad.

Produce náuseas que tanto periodista “independiente” haga mutis por el foro. No he visto un solo análisis de esas “vacas sagradas” de la comunicación que ponga las piezas en orden. El silencio ha sido calculado para proteger a los autores de la bellacada y dejar a Zuluaga sumido en la ignominia de la duda. No, señores, la justicia y el periodismo tienen un propósito común: la verdad. Ya la Fiscalía ha dicho que Zuluaga no cometió delito alguno; en consecuencia lo que corresponde es desenredar la madeja.

El siniestro almirante Echandía se vio obligado a reconocer que le entregó información del hacker al sicario judicial por excelencia, Eduardo Montealegre, y a su entonces director del CTI, el ahora arrepentido Danny Julián Quintana. Como bien lo ha señalado Gustavo Rúgeles, el único periodista que se atrevió a escarbar en serio sobre el asunto, Sepúlveda era el anzuelo porque tenía información reservada que, a su vez, le era entregada por agentes de la DNI al servicio de Echandía. El objetivo era relacionar con los hechos a Zuluaga y a su círculo. El video en el que aparece Zuluaga con el farsante de Sepúlveda lo entregó a la Fiscalía Rafael Revert, que también trabajaba con la DNI. Para los que no saben, la DNI solo le rinde cuentas al Presidente, pero obviamente, en este caso, todo ocurrió a espaldas de Santos. Por lo visto, bastante le ha aprendido el mandatario a su nuevo mejor amigo, el expresidente Samper.

Señor Eduardo Montealegre, ya que lo han lanzado a la basura como un condón utilizado, quizá sea el momento de decirle al país quién le dio la orden de interferir en las pasadas elecciones presidenciales, para alterar el resultado. Es un buen momento para mejorar su situación jurídica; no es un secreto para nadie que, en estos tiempos de paz, estamos dispuestos, como sociedad, a perdonar lo imperdonable: el robo de la Presidencia y la posterior entrega de la institucionalidad y de la democracia a las Farc.

La ñapa: Ya lo había dicho hace bastante tiempo: el exgobernador de Córdoba Alejandro Lyons es un delincuente consumado. Espero que el todo el peso de la ley caiga sobre él y todos sus secuaces.

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Autor:  Abelardo de la Espriella

Fuente:  El Heraldo