Deuda Histórica infinita de los profesores en Chile (Eq)

Un grupo de diputados de varios partidos, desde la oposición hasta el oficialismo, solicitaron al Gobierno que en el Presupuesto 2019 se considere un mecanismo para poder pagar la deuda histórica de los profesores.

La propuesta consiste en que, por medio de un proyecto de resolución, que lo adeudado sea pagado a través de las jubilaciones de los docentes y así al mismo tiempo poder mejorarlas. Los beneficiarios serían los docentes que fueron traspasados entre los años 1981 y 1986 desde el Ministerio de Educación a la municipalidad y corporaciones municipales, mediante la mejora de sus actuales jubilaciones en razón a los acuerdos establecidos con el gremio.

Los legisladores sostienen en el documento que en la actualidad existen 62.453 profesores vivos, los que deberían ser beneficiados con su propuesta.

¿Es una buena propuesta? Al menos en lo social suena muy bien, es un punto de unión entre oposición y oficialismo y promueve un cambio de estatus para los docentes, lo cual en términos prácticos, significa que dispondrán de más y mejores recursos para enfrentar sus respectivas jubilaciones.

Sin duda, el gremio tiene razones para pedir que tanto sus salarios como la constancia en sus cotizaciones sean aseguradas por los empleadores, que no tengan que vivir de sueldos miserables al final de sus carreras, pero también es cierto que parte de esa responsabilidad es de los docentes mismos. Fiscalizar que sus empleadores cumplan efectivamente con sus cotizaciones y tratar de no tener lagunas laborales. En todo caso, la iniciativa tiene límites, está acotada a un cierto número de personas y al parecer es abordable financieramente. Sin embargo, esta deuda impuesta a la sociedad debiera hacernos pensar en problemas profundos que tiene el gremio y la educación misma.

Esto de la deuda histórica, es de cierta forma una portada del reclamo general que tiene el gremio por los bajos sueldos que históricamente han tenido como sector. La idea parece ser que se tome conciencia y por decreto, en el futuro, los sueldos de los profesores sean mucho más altos, sin estar enmarcados en aquello en lo que todas las otras profesiones están, la oferta y la demanda.

¿Nadie se pregunta por qué los sueldos son tan bajos? ¡Claro que sí nos lo preguntamos!, constantemente se hacen análisis para indagar sobre las múltiples fallas de nuestro sistema educativo y comprender el rol de los profesores en el mismo. Podemos llegar a un acuerdo de que la profesión es noble, sacrificada, intensa y bastante ingrata, sobre todo considerando la violencia e indefensión a la que los docentes son sometidos cada vez más gracias a leyes dedicadas a emburbujar a los estudiantes previniéndolos incluso de ser educados, pero no excluye ciertas variables que tienen que ver directamente con la calidad de la educación y esta eterna deuda histórica de los bajos salarios.

Por más que se desee decretar el buen pago de los docentes, crear estatutos y legislaciones específicas para adjudicarles mejores salarios, estableciendo mínimos obligatorios etcétera, no significa que efectivamente tendrán dichas mejorías e incluso podría ir en detrimento de su propio mercado laboral.

Como en todo el resto del mercado, mientras más caro resulta contratar a alguien, menos se contratará y si son estrictamente necesarios, se puede recurrir a la figura de trabajo por honorarios o medio tiempo obligando a miles de docentes a circular entre varios establecimientos para lograr hacerse un sueldo y a otros miles trabajando sin sus apropiadas cotizaciones. Esto eterniza la famosa deuda histórica y la vuelve aún peor.

Si de verdad se quiere hacer algo para saldar esta “deuda” hacia el futuro, la respuesta principal se encuentra en las escuelas de pedagogía.

La sobre oferta de muchos profesores, sobre todo en áreas humanistas, no solo hace que estos estén dispuestos a trabajar por pagos ínfimos respecto de sus horas sino que no siempre se tendrá a los más idóneos en aula, sino muchas veces a aquellos que simplemente se enmarquen en los ideales del sostenedor y esto incluye al estado.

La admisión a las escuelas de pedagogía es en estos momentos una burla al carácter de la profesión misma. Se trata de personas que velarán por el desarrollo integral de las facultades físicas, morales y mentales de los educandos y esto por supuesto que debería ser muy bien remunerado, pero no hay criterios de selección adecuados para aquellos que dedicarán su vida a tan delicada labor.

Los puntajes de ingreso a las escuelas pedagógicas son ínfimos, las exigencias prácticas, psicológicas y académicas son mínimas y los créditos con aval del Estado son otorgados sin observar que la sobreoferta dificulta la devolución del préstamo por posible cesantía.  Todos estos elementos se unen para crear un mercado saturado y no necesariamente con los mejores llenos de vocación.

Por su puesto que se necesitan profesores de recambio en diferentes áreas, aunque se ha de reconocer que hay ciertas pedagogías saturadas, pero este recambio necesita ser responsable. No todo el que comienza a estudiar pedagogía tiene el perfil y verdadera vocación de pedagogo, esto deberían filtrarlo las escuelas de pedagogía con serios y avanzados métodos de prueba para los aplicantes a modo de seleccionar efectivamente a los mejores y si entre los seleccionados se cuela alguno que definitivamente no tenía las condiciones, esto debe resolverse  entre el primer y segundo año de la carrera abriendo la oportunidad a otros nuevo postulantes.

Incluso a aquellos que tienen la vocación pero no habían desarrollado el perfil, y el rechazo en primera instancia les permite no solo evaluar sus motivaciones sino confirmar su vocación y trabajar más duro para entrar a la carrera. Esto sin olvidar que los docentes deben ser evaluados y claro, sus condiciones de trabajo también deben mejorar tanto en seguridad y respaldo, como en horas aula, cantidad de alumnos por docente, etc.

Así se controlaría efectivamente el mercado y el problema a futuro se resolvería solo. La calidad comienza desde la formación del docente y velar por estos aspectos, le asegura un ejercicio de la profesión más acorde con la naturaleza de la misma, con seguridad laboral, con sueldos más dignos y lo más importante, con calidad, así no habría deuda histórica de ninguno de los lados, ni de los educadores que se sacrifican por entregar sus contenidos, ni de los educandos que ya no quedarán en la más supina ignorancia por tener profesores de mala calidad.

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