En defensa de los sentimientos negativos, en rechazo de la sociedad de la fragilidad (M)

En The Complacent Class, Tyler Cowen demuestra cómo, desde diversas dimensiones, la generación de riqueza en Estados Unidos y las comodidades que esto facilitó a los individuos, ha llevado, por diversos medios a una sociedad más aislada, menos satisfecha, más intolerante.

Y esta tendencia no eso solo en Estados Unidos.

Una de las expresiones que parecen más interesantes –y peligrosas – de esta tendencia es la de la sociedad frágil que estamos permitiendo que se cree.

Es perceptible una tendencia a evitar atravesar cualquier sensación desagradable y a perpetuar solo las positivas. El sufrimiento, la frustración, el enojo, la molestia, la tristeza, el mal genio son todos sentimientos que, al parecer, se busca estén de salida y que sean reemplazados solo por armonía, risa, felicidad y satisfacción.

No sé si como causa o resultado, o ambas, lo anterior se refleja en diversos fenómenos. El auge de, por ejemplo, industrias completas en las que las personas pagan para pensar mejor, para no sentir frustración, para supuestamente lograr todo lo que buscan. Unido a esto, están los movimientos que tienden hacia la sanción social (acá comienza la intolerancia) de todo aquello que considera indeseable.

En el fondo, estas y muchas otras expresiones de la sociedad frágil se reflejan en la sociedad de lo políticamente correcto. Temas prohibidos, lenguaje sancionado, reacciones comunes, todas son características de este tipo de sociedad. Supuestamente con la intención de la inclusión y la eliminación de asuntos que se consideran indeseables, no obstante, se conforma una sociedad altamente demandante en la que cualquier expresión, palabra o gesto puede llevar a ridiculización, el insulto y el maltrato. Es decir, todo lo que se intenta eliminar se convierte en el mecanismo de control social. Vaya paradoja.

El problema de este tipo de sociedad es que, como está construida supuestamente bajo lógicas deseables para todos y que mejoran nuestra interacción, también se construyen sobre una supuesta superioridad moral que las hace intocables, incuestionables. Pero, además, su deseabilidad se confunde con la necesidad de imponerlas a todos.

Y acá está el problema. El que se considere de que una actitud, pensamiento o acción sean deseables desde el punto de vista social, no quiere decir que estos puedan – o deban – imponérseles a todos (esto, a menos que sean no solo cuestiones deseables, sino requisitos sin los cuales no podemos vivir en sociedad). Acá reside el problema de esta sociedad de la fragilidad: sus tendencias liberticidas.

Cada vez más es posible ver confundidas expresiones que pueden ser respetables, positivas y deseables con acciones que deben ser impuestas por medios coercitivos. Un ejemplo de esto son las famosas – e inútiles, pero no por eso menos peligrosas – leyes antidiscriminación, pero también en cuestiones casi que cotidianas la cosa se ha complicado. Qué temas abordar y cómo hacerlo son asuntos que se deben sopesar cuando se trata de interactuar con desconocidos. Incluso, esto está afectando a la comedia, la literatura y demás expresiones culturales. (En este ámbito el problema se agrava porque muchas veces son los mismos artistas e intelectuales los adalides de esta sociedad de la fragilidad).

Sin embargo, esta sociedad no conseguirá su objetivo. Desde el punto de vista individual, por más consejeros que contrate para mejorar su vida y pensamientos, nunca podrá eliminar la tristeza, la frustración, la ira y demás sentimientos negativos. Por más estrategias para evitar el engaño, el ridículo, la traición y demás estímulos externos, no podemos eliminarlos de nuestras vidas. Incluso, podría sostenerse que todos esos sentimientos son los que hacen la vida. No los efímeros – y las más de las veces – superficiales periodos de supuesta felicidad.

Lo mismo sucede en el ámbito social. Las situaciones negativas no pueden ser eliminadas ni evadidas, sino enfrentadas. Para eso es que existen mecanismos, como la justicia o la seguridad. Por más que sancionemos a quienes piensan como no nos gusta a las mayorías o que hacen lo que nos parece que no deberían hacer, eso no eliminará el sufrimiento social ni los malos momentos.

Pero lo que sí genera esta sociedad es reacciones. Si usted se impide experimentar esas sensaciones negativas, ellas no desaparecen. Eventualmente, serán exteriorizadas…y de maneras que son más dañinas que si se hubieran expresado a tiempo, sin verlas como un problema.

Algo más grave sucede en la sociedad. Las reacciones se presentan, muchas veces, de forma violenta y a través de la exaltación de las más bajas pasiones del ser humano (como el colectivismo, incluidos el nacionalismo y el tribalismo)

En la actualidad, la humanidad está atravesando el mejor momento de su historia. Esto, según Steven Pinker, incluso se ve en los valores en los que creemos. Nunca antes habíamos sido tan empáticos entre nosotros, con los animales y con nuestro entorno. Esto debería ser motivo de orgullo y de satisfacción y no fuente de angustia sobre lo mucho que falta.

Debido al capitalismo y a la libertad, hemos alcanzado unos niveles de vida que nos han permitido ser cada vez más humanos. Esto no debe dar lugar ni al pesimismo irracional, ni a la intolerancia, ni a la creencia en utopías (que, por experiencia, invariablemente se convierten en distopías), ni mucho menos en una sociedad liberticida. La forma de evitar esto es resaltar más la complejidad de lo que es el ser humano y cómo cada experiencia, sin necesidad de calificarla, construye nuestra identidad y diferencias.

 

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