Dentro del mundo político es normal ser testigo de ires y venires ideológicos. La llamada dinámica de la política es el bastón que soporta a quienes cambian de opinión pero no quieren sentirse recriminados.

Así, la ideología de Orlando Benítez no es clara, pues aunque haga parte de un partido tradicional (Partido Liberal), al mismo tiempo se reúne y, sonriente, posa ante las cámaras con adeptos de las Farc, partido compuesto por exguerrrileros que no dan muestra de compromiso con la paz.

Para la muestra un botón. En el amanecer de Colombia del jueves 29 de agosto Iván Márquez reapareció junto a sus compañeros de combate, entre ellos Santrich, El Paisa, Romaña, entre otros, anunciando su vuelta a las armas y propinándole una bofetada a la seriedad de los acuerdos, burlándose de todo un país.

El cinismo de este acto empaña la credibilidad de un candidato apoyado, además, por el clan Besaile y, por si fuera poco, que oculta las cuestionables relaciones familiares que posee con dos de sus hermanos, capturados y condenados por corrupción.

Entre fotos, risas y una aparente amistad, recae un vínculo inestable, explosivo y de conveniencia con las Farc. Las banderas de Benítez dejan dudas, siembran incertidumbres y lleva a pensar en la realidad de un personaje atrapado y escudado en la anacronía y avaricia de poder.