Marx y la peligrosa paradoja del judío antisemita (Archivo)

La repugnante manipulación que tantos y tan destacados antisemitas de izquierda en EE.UU. hacen del criminal atentado en una Sinagoga estadounidense, era de esperar. La  izquierda postmoderna disfraza su antisemitismo, maquillándolo de anti-sionismo.

Inventaron una omnipresente islamofobia mítica –pretendiendo “derrotarla” con políticas que fortalecen y legitiman al todavía minoritario y disperso anti-islamismo real– para encubrir los crecientes y cada vez más extendidos antisemitismos, musulmán y occidental de izquierda. Aliviados celebran que el criminal fuera antisemita de viejo cuño. Pero no un antisemita musulmán. Sino del único antisemitismo que ocasionalmente denuncian. Asociándolo falsamente a quienes odian.

Un imbécil a su medida. Y en el momento oportuno. Odia y teme a los judíos. Cree en teorías conspirativas alucinantes. Apoya a Trump. Lo cierto es que quién odia a los judíos. Se traga “los protocolos” y nuevas versiones. Y apoya al presidente de EE.UU. que más apoyó a Israel en décadas. Es tanto antisemita. Como doblemente imbécil.

El antisemitismo tiene sus paradojas. Generalmente nacen de algo que lo define –condición sine qua non– Más incluso que la judeofobia. Es que sea el antisemita quien defina “al Judío” a su antojo. El antisemita niega al judío el derecho a definirse a sí mismo. Primer paso para negarle el derecho a existir.

Desde que la derrota militar del nacionalsocialismo alemán –y la exposición de sus campos de exterminio– dieron mala fama a la judeofobia, los antisemitas sofisticados –especialmente los que negaban otros campos y genocidios, los de los comunistas– se disfrazan. Y el maquillaje del antisemitismo contemporáneo es antisionismo. No toda crítica a Israel es antisemita. Lo son indiscutiblemente las que exijan lo que ocasionaría  –obvia e inevitable–  la desaparición de Israel como Estado Nacional del Pueblo Judío.

El judeofobia original, era religiosa. Ya en la España tardo-medieval, y sobre todo en la renacentista,  empieza a ser racial. Y a mostrar los primeros trazos del futuro antisemitismo. El cristiano viejo persiguiendo conversos “marranos” sería un incompleto y temprano antecedente del antisemita moderno. Porque el antisemitismo moderno sería mucho más que judeofobia tradicional.

El antisemitismo racial ya es minúsculo en occidente. Y aún así peligroso. Pero mucho más peligrosos son los antisemitismos mayoritarios que señala en su libro, Apuntes para una historia de la judeofobia,  Moisés Garzón Serfaty:

“uno islámico, particularmente agresivo, y otro occidental, de origen izquierdista y liberal. El primero se traduce en actos violentos. El segundo, de alguna manera los legitima. Desprovista de escrúpulos, desorientada como nunca, parte de la izquierda occidental se ha volcado sobre la causa palestina con el mismo maniqueísmo combativo como lo hizo en su día con la Unión Soviética, la revolución cubana y otros despropósitos históricos”

El antisemitismo nacional –alternativa o complemento del antisemitismo racial– empieza en la revolución francesa. Otorga a los judíos igualdad legal, pero negándoles su propia identidad nacional –la hipocresía de tal “generosidad” antisemita quedó a la vista en el caso Dreyfus–. Similar al antisemitismo religioso inicial. Exige al judío dejar de serlo. Esta vez diluyéndose en otras nacionalidades. Exige que su distintiva religión sea sombra de sí misma. Algo similar exigió el jacobinismo al catolicismo –llegando al primer genocidio moderno– con un discurso curiosamente similar.

Es la clave del antisemitismo sofisticado, hoy maquillado de antisionismo “pro-palestino” en occidente. Ocupado también en legitimar –ocultar y disculpar– al grosero antisemitismo musulmán masivo de hoy. Completa su maquillaje con rechazos –ocasionales y oportunistas– a violentos pero minúsculos restos del antisemitismo racista de occidente.

El antisemitismo sofisticado permite la paradoja del judío antisemita. Por la que el jurista judeo-sudafricano Richard Goldstone resulta ser el autor del sesgado y falaz Informe Goldstone, en que acusaba a Israel de “crímenes de guerra” y “crímenes contra la humanidad”, en su lucha contra Hamás a principios del 2009. Había anunciado que comentaría como en el siglo XIX Marx respondió al sofisticado antisemitismo nacional –y su raíz religiosa– con su también sofisticado –pero mucho más alucinado y complejo– antisemitismo, materialista y esencialista de clases. Sí, Marx tenía origen judío. Pero como todo antisemita definió a su antojo –con odio y asco– “al judío”. Excluyéndose de la esencia maligna.

Lo que Marx denomina judenthum, en su propio dogma religioso materialista es la quintaesencia de la burguesía capitalista. Define Marx –y repitió el nacionalsocialismo, aunque replanteándolo a definición racial– lo “realmente judío” así:

“No busquemos el secreto del judío en su religión, sino el secreto de la religión en el judío real. ¿Cuál es la base profana del judaísmo? Las necesidades prácticas, sus intereses. ¿Cuál es el culto profano del judío? La usura, la especulación. ¿Cuál es su Dios? El dinero”.

La supresión definitiva del judaísmo mismo, afirmó Marx llegaría con:

“La emancipación de la especulación y del dinero, o sea del judaísmo práctico, real, será la emancipación inmanente propia de nuestro tiempo. Una organización de la sociedad que suprimiese los presupuestos, es decir la posibilidad de la usura, habría acabado con el judaísmo”.

Pues según Marx, poniendo fin a la propiedad privada y al dinero, “la conciencia religiosa judía se disolvería como un jirón de niebla en el aire real que respira la sociedad.” No sería confundiéndose en otras naciones al negárseles su propia identidad nacional –que era y sigue siendo negar su propia identidad religiosa– sino en el “hombre especie” socialista que se disolvería esa maligna quintaesencia del capitalismo que Marx definió como “verdadera naturaleza del judío”. Así concluye el paradójico antisemita Marx:

“Tan pronto como la sociedad logre superar la realidad empírica del judaísmo, el chalaneo y sus presupuestos, el judío se habrá hecho imposible; su conciencia habrá perdido su objeto (…) el conflicto de la existencia individual-sensible del hombre con su existencia a nivel de especie se hallará superado”.

Alucinación todavía influyente. Sobre la cuestión judía de Marx, es raíz común –poco analizada– de posteriores teorías estrafalarias de groseros antisemitismos. Y del sofisticado antisemitismo maquillado y oportunista de la izquierda contemporánea en occidente.

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