El presidente le habló duro a un individuo grosero. Y no siempre el periodista tiene la razón. (Evan Vucci)

Se para con el micrófono. Empieza su pregunta y Trump lo interrumpe, arrogante: “¡Aquí vamos otra vez!”. Jim Acosta continúa: “Usted dijo que la caravana era una invasión”… “Bueno, yo considero que es una invasión”, dice Trump. El periodista de CNN sigue: “Bueno, no era una invasión. Es un grupo de migrantes que se mueven por Centroamérica, a través de las fronteras, hasta Estados Unidos”. Trump lo detiene y le agradece por su opinión. Dice que puede asegurar eso porque es lo que él piensa. “Tú y yo tenemos una diferencia de opinión”. Acosta insiste con su idea; pero el presidente, tajante, le rebate: “Yo quiero que vengan, pero legalmente. Quiero que vengan. ¿Y sabes por qué? Porque tenemos cientos de compañías que se están viniendo. Necesitamos a las personas”.

El intercambio evoluciona. Se transforma en discusión. Jim Acosta refuta hasta que el presidente dice: “¿Sabes qué? Creo que debes dejarme dirigir el país y tú dirige CNN”. Se acabó su ronda. Trump ratifica esto: “Ya es suficiente”. Los demás periodistas, que esperan su turno, alzan la mano. Trump da el pase a un colega del de CNN; pero Jim Acosta persiste. No quiere soltar el micrófono. Trump, ya alterado, lo señala: “Que es suficiente”. Acosta sigue. Una pasante de The White House se acerca, acatando las órdenes de sus superiores, a arrebatarle el micrófono a Jim Acosta. El periodista no la deja. Con su mano izquierda la aparta. Rudamente trata de impedir que le arranquen el aparato. Mientras, Acosta sigue hablando. Ya hay un colega de pie esperando que le den la palabra; pero el de CNN insiste. Ahora pregunta sobre las investigaciones sobre Rusia. Trump responde a medias, porque no quiere. Dice, nuevamente: “Ya basta”. Entonces, como Acosta sigue exclamando, Trump se aparta de la tribuna. Ahí es cuando Jim Acosta cede y la pasante logra quedarse con el micrófono.

El colega del periodista de CNN logra tener la palabra; pero Trump aprovecha para rematar la riña. Le dice a Jim Acosta: “Te diré algo: CNN debe tener vergüenza por tenerte trabajando para ellos. Eres una persona grosera y terrible. No deberías estar trabajando para CNN. Eres un grosero. Como trataste a Sarah Huckabee es horrible. Y como tratas a otros, es horrible”. Luego de las severas palabras, habla finalmente el periodista que tenía rato de pie. Intenta hablar, pero, mientras lo hace, Jim Acosta se vuelve a poner de pie. Esta vez, sin micrófono, alza su voz. El presidente finaliza, ahora sí, el rifirrafe: “Por favor, siéntate (…) Cuando reportas noticias falsas, cuando lo haces, que es lo que hace CNN, eres enemigo de la gente”.

En YouTube el encuentro de dos minutos y cuarenta y dos segundos acumula cientos de miles de reproducciones. Se ha generado todo un debate. CNN publicó un comunicado en el que dice que “los ataques del presidente a la prensa han ido demasiado lejos. No solo son peligrosos, sino inquietantemente anti-americanos (…) Una prensa libre es vital para la democracia, y nosotros apoyamos a Jim Acosta”. Hay quienes acusan al presidente de atentar directamente contra la libertad de expresión. Otros se ponen del lado del jefe de Estado y dicen que el comportamiento de Jim Acosta fue errado. Yo respaldo esta opinión.

Lo que más he criticado a Trump son sus gestos autoritarios ante la prensa. Sus ataques constantes a los medios —aún sesgados y parciales—. Es lo más peligroso del presidente republicano porque, como bien dice CNN, la prensa libre es vital para el funcionamiento sano de las sociedades. Esto es esencial. Y cada cuanto es imprescindible citar a Tocqueville, John S. Mill o al mismo Thomas Jefferson, quien dijo: “Nuestra libertad depende de la libre prensa, y eso no se puede limitar sin que se termine perdiendo”. Pero no pudiera defender a Jim Acosta. Los ataques de este miércoles de Trump no fueron contra la libertad, el más grande valor, sino contra los gestos burdos y descorteses del periodista de CNN.

No fue el comportamiento pertinente para una rueda de prensa presidencial. Se alzó, incluso sin tener el micrófono. No se lo entregó, se lo quitó toscamente, a la mujer que hacía su trabajo. Las ruedas de prensa son para preguntas, no para contrastar opiniones. No era un debate.

La Casa Blanca le retiró sus credenciales. Lo sacó. Y Sarah Sanders, la secretaria de prensa, dijo que Jim Acosta le había puesto las manos encima a la joven pasante. Es mentira. Pero el periodista fue grosero —aún más que Trump, quien también fue grosero—. Luego de esa falta a las normas de una rueda de prensa, de ese irrespeto a la presidencia, lo pertinente es que CNN busque a otro corresponsal. Porque seguro esa gran cadena tiene periodistas con mejores modales.

¿Cuáles son los límites de la libertad de prensa? Ningunos. Entonces no habría tal libertad de prensa. Pero eso no es licencia para irrespetar la majestad presidencial, saltarse las normas, andar de insolente, incluso con sus colegas, e imponer ademanes descorteses.

La prensa tiene el deber de ser contrapeso al poder. De mantenerse vigilante y denunciar los gestos autoritarios, ya blandidos por Trump. Pero acá el presidente le habló duro a un individuo grosero. Y no siempre el periodista tiene la razón. Hoy no se la puedo dar a Jim Acosta.



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