El estruendo de los aplausos ocupó el City Hall de Oslo aquel 10 de diciembre de 2016 cuando Juan Manuel Santos alzó triunfante su Premio Nobel de Paz. Bastó con cerrar el discurso con aquello que todo amante de un final feliz quiere escuchar al término de una película pesada y angustiante: “el sol de la paz brilla, por fin, en el cielo de Colombia. Que su luz ilumine al mundo entero”.  Un cierre emocionante que obligó a pararse de sus asientos a los selectos asistentes que celebraron aquel bienaventurado acuerdo con las FARC; el mismo que los locales y verdaderos dolientes de la guerra le habían dado un No rotundo y categórico tan solo unas semanas antes en las urnas.

Probablemente los participantes de aquella velada del Nobel, ya reposando en casas y resguardados quién sabe de qué preocupación cotidiana, aún suspiren y se conmuevan con las palabras que pronunció Santos en esa ocasión. No obstante, la mayoría de colombianos que vieron la ceremonia por televisión, siguen sin creer.

De acuerdo con la más reciente encuesta de Gallup, un año después de la firma de los acuerdos con las FARC, el 63 % de los encuestados no considera que el proceso traiga un clima de seguridad y tranquilidad, 55 % cree que el acuerdo va por mal camino y el 83 % no cree que se encuentre una solución al narcotráfico.

¿Cómo es posible que aquello que convenció a las Naciones Unidas, al Gobierno de los Estados Unidos de América, a la Unión Europea, al Vaticano, a casi la totalidad de la academia y la intelectualidad colombiana, a los medios de comunicación y a buena parte de los políticos del país, no termine de persuadir al colombiano de a pie?

Estas son las 5 razones por las cuales el futuro de los acuerdos de La Habana genera más dudas que certezas:

El incumplimiento del Estado y las FARC

Llegar a pensar que el mismo Estado que es incapaz de tapar un hueco en la capital del país, puede adecuar en tiempo récord las Zonas Veredales en las partes más remotas del país, solo puede ser provocado por el más irresponsable de los optimismos. De acuerdo con Jean Arnault, jefe de la Misión de las Naciones Unidas en Colombia, el 55 % de los miembros de las FARC abandonaron los espacios territoriales donde debían concentrarse debido a los incumplimientos reiterados.

Por supuesto, los inconvenientes de la implementación vienen de parte y parte. De acuerdo con Kevin Whitaker, Embajador de Estados Unidos en Colombia, las FARC no están cumpliendo con la entrega de información de rutas, contactos y demás datos relevantes del negocio de la cocaína. A esto, se le debe sumar el incumplimiento en la entrega de los menores reclutados a la fuerza por la organización guerrillera.

Los mantras que ya no convencen tanto

Durante el 2016 se presenció una disminución del 77 % en las operaciones militares. Es presumible que unas fuerzas militares que no accionan tampoco son susceptibles a ataques. Por lo cual, repetir la cifra del Hospital Militar, aunque verdaderamente constituya una muy buena noticia para el país, puede ser engañoso. Sobre todo, si se tiene en cuenta que la inacción de la fuerza pública se pagó con un incremento en la violencia homicida en las regiones, como se verá a continuación.

 Se subestimó el problema de las drogas ilícitas

El mito de Sísifo puede ser la analogía que mejor calce con la situación del país. Durante los 15 años que duró el Plan Colombia, 131.000 millones de dólares fueron gastados por parte del Gobierno colombiano para, entre otras cosas, lograr la erradicación de dos millones hectáreas de cultivos de coca, extensión equivalente al tamaño de Eslovenia y Luxemburgo juntos.

Sin embargo, las negociaciones de La Habana partieron del supuesto equivocado según el cual el problema mundial de las drogas podía ser una situación manejable entre las FARC y el Estado colombiano. La realidad pasó la factura más rápido de lo que nadie pudo prever.

Actualmente Colombia es el principal productor de coca del mundo, la Agencia para el Control de las Drogas (DEA) calcula que el 92 % de la cocaína que se consume en Estados Unidos proviene de Colombia y los cultivos de esta planta se han hecho más rentables mientras se expanden por el país hasta superar la extensión que tenían en el año 2001, cuando el plan apenas comenzaba.

Se olvidó que existe la convergencia geográfica entre los cultivos de coca, las rutas del tráfico de drogas, la presencia de grupos armados y los focos de violencia homicida

En algún punto de las negociaciones se omitió que el combustible de la violencia homicida no es la ideología comunista profesada por las FARC, sino el muy rentable negocio de la cocaína. En este mismo sentido, ante la amenaza de otros grupos criminales, se pensó erróneamente que un Estado incapaz por décadas de ofrecer seguridad y justicia en la totalidad del territorio iba a suplir sus deficiencias de forma repentina tras la firma del acuerdo.

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