El mercantilismo, el caudillismo y el socialismo son nuestros mayores obstáculos.
(Foto: EFE)

Venezuela fue del mercantilismo -y 100 años prácticamente ininterrumpidos de guerra civil en el siglo XIX-. Luego vino la paz del mercantilismo positivista impuesto en una prolongada dictadura del que creíamos había sido el último de los caudillos. Pero no. El caudillismo militarista resurgía actualizando su viejo positivismo con aires socialistas en otra dictadura mucho menos prolongada hacia mediados del siglo XX.  Regresaría en el siglo XXI a la cabeza del socialismo revolucionario, tras el colapso del democrático socialismo moderado que estatizando los sectores estratégicos inutilizó una eventual alternativa con un proteccionismo que impuso la incompetencia en la sobre regulada economía privada restante.

Nunca llegamos al desarrollo, primero que nada porque nuestra cultura política lo rechazó cada vez que se encontró involuntariamente a sus puertas pero también porque:

  • Un verdadero desarrollo económico sustentable a largo plazo es imposible tanto en una economía socialista debido a que aquella es inviable, como en una economía mercantilista debido a la insuficiente productividad que su corrupto sistema de incentivos genera, con lo que es posible única y exclusivamente en una economía capitalista.
  • La enfermedad holandesa es una variante especifica de mecanismos de transmisión del ciclo de centro a periferia que puede explicar perfectamente la teoría austríaca del ciclo económico, pero no hay razón para que dicho fenómeno no se salde a largo plazo con crecimiento, como en efecto se saldan generalmente las recesiones cíclicas originadas en la interferencia política sobre el dinero cuando el sistema no presenta otras intervenciones que impidan o dificulten restablecer la eficiencia dinámica de la asignación de recursos en la estructura inter-temporal del capital.
  • La renta petrolera únicamente es un problema cuando es apropiada por el Estado estableciendo incentivos políticos al fortalecimiento del mercantilismo que pueden derivar hacia el establecimiento de alguna variante del socialismo; con lo que no hay esquema de administración gubernamental que pudiera romper con los mencionados incentivos políticos destructivos. Además, la administración de fondos de estabilización macroeconómicos contra-cíclicos queda sujeta a serias limitaciones prácticas por la imposibilidad real de conocer con antelación la información necesaria para que las decisiones se ajusten al modelo pretendido.
  • Venezuela ha pasado por dos períodos de transición al socialismo. En el primero se estableció el socialismo moderado: su punto clave de transición fue la ley que reserva al Estado la industria y el comercio de los hidrocarburos. Durante el segundo período se revierte completamente la apertura económica que siguió al fracaso financiero del modelo socialista moderado y se inicia la transferencia a un modelo socialista radical, siendo el momento clave de dicha transición la suspensión del mercado cambiario en enero de 2003 y el restablecimiento del racionamiento de divisas en febrero del mismo año.
  • Los períodos de transición hacia más socialismo en Venezuela coinciden con períodos de precios petroleros altos del crudo, incrementos en la renta petrolera y en su captura neta por el Estado, mayor capacidad de endeudamiento del gobierno y consecuentemente máxima capacidad de distribución populista de renta. Los períodos de retroceso del socialismo coinciden con precios petroleros bajos que dejan en evidencia la improductiva combinación de incremento del socialismo, importaciones, consumo insostenible y burbujas de malas inversiones concentradas en sectores no transables.
  • El desperdicio de la renta petrolera apropiada por el Estado en el financiamiento de un modelo económico improductivo (y en última instancia inviable) únicamente puede corregirse mediante una transición del socialismo al capitalismo que finalmente sería inevitable ante la acumulada pérdida de importancia económica del recurso en una economía cada vez más ineficiente.

Es decir, lo que la élites venezolanas han buscado –o al menos afirmado perseguir– es el desarrollo. Alcanzar el desarrollo es objetivo que las legitimaba como élites, ante una población que lo ha deseado y creído posible los últimos 100 años. Pero nuestras élites intelectuales, políticas, empresariales y militares han creído y transmitido por todos los medios a su alcance es que el único camino que no se ha de seguir hacia el desarrollo es el del capitalismo. Por desgracia, ese camino, que masas y élites rechazan en Venezuela una y otra vez, es el único camino viable al desarrollo. Los otros han fracasado.

De hecho, en las condiciones institucionales de una economía mercantilista razonablemente insertada en el mercado global, la renta petrolera apropiada por el Estado no fue impedimento suficiente para evitar un crecimiento económico que desde la segunda década del siglo XX llevó a Venezuela, cuando menos, a la frontera del desarrollo: a las puertas del capitalismo. Entre mediados del siglo y la década de los 1970, tampoco lo fue el que los ciclos económicos sufridos tuvieran la variante de la enfermedad holandesa.

Para nada más que empobrecernos indeteniblemente a largo plazo nos sirvió lo que se dedujo necesariamente de la teoría del agotamiento del mal llamado “capitalismo rentístico” a ser sustituido por una economía no rentista y no capitalista. O, como sucediera antes, el modelo keynesiano de impacto agregado simple de la renta petrolera distorsionado por la volatilidad del precio del crudo a ser corregido por la planificación centralizada del activismo macroeconómico.

La única explicación real es que la apropiación de la renta por el Estado, en las condiciones de nuestra cultura política estatista y anticapitalista, generó una estructura de incentivos que condujo a una transición al socialismo que hizo inevitable el empobrecimiento a largo plazo por la creciente descoordinación inherente al mismo, únicamente revertida parcial y temporalmente por medios populistas clientelares apenas sostenibles durante los períodos de precios altos del crudo, que, a su vez, han coincidido con los de establecimiento y radicalización del socialismo.

Es la trampa de la que debemos salir para alcanzar el desarrollo.

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