La decadencia de Occidente (E)

Por Gian De Biase*

No sería la primera vez, ni tampoco tengo la dicha de ser el primero que escribe para intentar dejar algunas luces sobre el final de la sociedad como la conocemos. Por supuesto, no deja de ser una labor entretenida anunciar el fin de los tiempos, como anteriormente lo han hecho tan variados libros o autores, desde la Biblia con sus jinetes del apocalipsis y el anticristo, Nostradamus con sus interpretaciones lo suficientemente generales para calzar en cualquier época, Marx con su triunfo del comunismo que resultó ser una farsa o Fukuyama anunciando el triunfo del capitalismo.

Como ha quedado claro, todas estas premociones han sido falsas (o aún no ocurre, dirán los más devotos). Pero lo interesante de estas interpretaciones es que revelan la necesidad de trascendencia de las personas, y más allá de eso, dejan un sistema conceptual tan general que es capaz de adaptarse infinitamente a los tiempos, por lo que este tan esperado final siempre estará lejos para algunos y cerca para otros.

Si nos remontamos al fin de los tiempos de Fukuyama, queda claro que el capitalismo, si lo entendemos como sinónimo de libre mercado no triunfó. Muy por el contrario -aunque se descartó el marxismo económico que debe ser la peor catástrofe que le ha pasado a la teoría económica- lo que ganó la batalla intelectual fue el keynesianismo, puesto que ese híbrido de gasto público, con bancos centrales e intervención estatal constante pero respetando la oferta y la demanda. Fue capaz de adaptarse a totalitarismos comunistas como el de China o Cuba y también a sistemas democratistas con la excusa del Estado de Malestar, destruyendo a su paso el orden, la ley y la seguridad.

Ha quedado en evidencia que este tipo de economía “social” de mercado no es más que la economía estatal de mercado, donde los gobiernos crean monopolios nacionales o extranjeros para sus grupos de amigos empresaurios, por esto los políticos y burócratas suelen recibir grandes recompensas, desde acciones hasta sobornos. También ha creado grandes oligopolios entre Estados como lo es la Unión Europea, y ha logrado un ambiente de hostilidad de económica, donde todos buscan proteger sus productos, en vez de competir libremente en el mercado internacional, sin tasas, sin aranceles y con reglas mínimas.

Pocos países logran mantener su libre mercado, lo cual va indudablemente ligado a la estabilidad de su República como Estados Unidos de América, Reino Unido o Singapur. La efectividad del gobierno para hacer cumplir la Ley a través de los cuerpos policiales y la justicia, es un componente fundamental para el correcto funcionamiento del libre mercado, puesto que es la única forma imparcial de garantizar la honra de los contratos, más allá de la palabra.

El deterioro del mercado para ser reemplazado por el Estado da lugar a la descomposición inminente de la República. Es sencillo, el gobierno -como quedó demostrado con el fracaso del totalitarismo- no puede dedicarse a planificar la economía y al mismo tiempo hacer valer la ley, termina en una persecución contra quienes intentan producir en la adversidad del estatismo por parte del comité político central. Es decir, el reemplazo de la economía por el Estado da lugar al desplome del Estado de Derecho, lo que ocurre en Europa o países como Chile.

Culturalmente, con el secuestro de las teorías marxistas y neomarxistas del aparato público para generar información publicada, el arte, la religión, los valores e incluso hasta el lenguaje, el deterioro de la sociedad ha sido integral. Así como en 100 años de existencia el marxismo ha dejado 150 millones de muertos (sin sumar los del nacionalsocialismo o el islam fundamentalista, del cual el neomarxismo es principal impulsor y defensor en Occidente), también ha logrado en esa misma cantidad de tiempo corromper, como les dejó estipulado el marxista italiano Gramsci, toda la sociedad para destruirla culturalmente desde adentro.

No sería justo echarle la culpa solo al marxismo incultural-empresaurios, burócratas, la Iglesia corrupta, ONG, políticos, periodistas, profesores, y muchos otros más han apoyado la noble causa revolucionaria de enterrar todo lo que representa Occidente desde el cristianismo hasta la ingesta de carne para tener una dieta balanceada, liquidando por puro credo antioccidental cualquier argumento científico y sólido basándose en sus emociones, como si de animales se tratara, intentando retornarnos a la arbitrariedad de la tribu o peor aún, a la emocionalidad de la manada animal, comportándonos como salvajes.

Pero al mismo tiempo que decae Occidente, parece de nuevo estarse erigiendo otro mejor y más grande Occidente. Si tomamos en cuenta que nuestra historia común inicia en Grecia, pasa por Roma, la Edad Media y lo que ahora se llama Modernidad, podríamos estar asistiendo al ocaso de lo actual, incluida la mal llamada posmodernidad o posposmodernidad que no son otra cosa que la simplicidad y falta de sustancia moderna, dignos hijos de la modernidad como lo es el mismo marxismo.

Podría ser que la sociedad actual se acerca a su final, para ser reemplazada nuevamente por una cultura superior, más sólida, que ha aprendido la lección del fracaso de relativizar sus instituciones y dejar a merced de burócratas una especie de construcción planificada de la sociedad cuando esta labor es necesariamente una tarea de los individuos organizados en torno a la familia, el mercado, la religión y la convivencia civil, todos conceptos etéreos y morales, que solo pueden concebirse no en la mente de profesores encerrados en las horrorosas cajas que llaman universidades, si no en la ejecución de estos hechos valóricos  sociales por parte de las personas en su día a día.

El final no implica un cataclismo o la desaparición de la especie humana, simplemente es un nuevo renacer, que obligatoriamente implica el desecho de lo malo, lo inútil y lo feo, por el prevalecer de lo bueno, lo útil y lo bello, que en Occidente está más que claro qué es la República, el judeocristianismo, la ciencia y el libre mercado, los garantes indiscutibles de nuestra superioridad moral y civil.

*Gian De Biase es politólogo y analista internacional. 

Fuente