Dentro de las muchas estrategias que utilizan los políticos para avanzar en su objetivo (llegar al poder), se encuentra la de manipular al electorado. Acá no hablo de individuos ni de ciudadanos porque esos roles no son importantes para los políticos. De hecho, pueden ser obstáculos. Desde su perspectiva, somos simples votos potenciales y una forma para que les regalemos el voto es si nos logran manipular suficientemente.

Bogotá, la capital de Colombia, es un perfecto ejemplo de esa manipulación, de sus efectos y de sus causas.

Historia de un desastre en pocas líneas: la ciudad ha sido caótica, insegura, sucia, no amable y muchos otros adjetivos no positivos, por lo menos, desde que comenzó a crecer durante el siglo XX. Sin embargo, a finales de siglo, por allá en la década de los 1990, una secuencia de Gobiernos locales decidió apostar por mejorar la vida en la ciudad. De manera muy lenta y poco perceptible, como suele suceder con los beneficios sociales, se alcanzaron unas muy pocas –y débiles– mejoras.

Pero vino la ilusión populista (facilista, mentirosa y oportunista): se comenzó a crear una visión según la cual mejorar la seguridad, la infraestructura vial, el sistema de transporte y algunos lugares para la asistencia del público (como parques y bibliotecas) era un modelo que generaba desigualdad, que excluía a los más pobres, que solo beneficiaba a unos pocos. Lo de siempre.

Y, también como siempre, esos políticos que generaron las críticas hicieron propuestas que, supuestamente, solucionarían los problemas de ese modelo. Manipularon a los electores porque aprovecharon dos de nuestras características que, como individuos, tenemos y que como sociedad nos hace susceptibles al engaño: la incomprensión de conceptos abstractos y complejos y el desinterés por tratar de entenderlos.

Así, las visiones populistas, después de engañar diciendo que el modelo no es “incluyente” o “justo”, prometen lo más obvio: ¿queremos acabar con la pobreza? Pues hay que “darles” a los más pobres. Lo obvio, lo fácil, lo superficial… lo vulgar.

De esta manera, tres cosas sucedieron. Primero, irrespetaron, con el clamor del público, a ese mismo público. Segundo, alimentaron una visión según la cual lo único que importa es reducir la desigualdad y la única forma de abordar el – verdadero – problema de la pobreza es por medio de programas asistencialistas, que nunca la eliminan, sino que la alivian temporalmente, pero crean dependencia y exigencias por más asistencialismo. Tercero, descuidaron los avances que se venían haciendo en los demás frentes, por considerarlos que beneficiaban “solo a los ricos”. No debe olvidarse en este punto que para esos políticos populistas, ellos no gobiernan para todos (eso es injusto, hasta inmoral, para ellos), sino solo para los “más pobres” (expresión que nunca llenan de contenido. Lo dicho: meros electores).

Engaño tras engaño, manipulación tras manipulación, después de tres alcaldías de la ciudad con ese tinte populista, mentiroso, azuzador de una supuesta lucha de clases y, no podía faltar, corrupto, los ciudadanos, al verse inundados por problemas en todos los ámbitos y en una ciudad que había perdido los pocos avances previamente hechos, decidieron castigar a los manipuladores en las urnas.

Para ello, se decidieron por uno de los alcaldes que ya habían probado previamente. Pero sin dejarlo siquiera posesionarse en el cargo, los manipuladores volvieron a la carga. Todas las declaraciones, ideas, programas y movimientos de la actual alcaldía han sido respondidas por esos irresponsables que tuvieron el poder y que fueron incapaces de hacer algo positivo para la toda sociedad (y no para algunos pocos grupos específicos).

Es tal la gravedad de la manipulación que el actual alcalde, sin ser responsable de los muchos problemas que tenemos en la ciudad, está ad portas de una revocatoria de su mandato. Todo, liderado, por los manipuladores.

Ese nivel de cansancio de los ciudadanos en contra de la alcaldía es comprensible. Lo que no es comprensible es que vuelvan a caer en la manipulación de los responsables de la situación. Todos los frentes que permiten que tengamos mejoras en calidad de vida, viviendo en asentamientos urbanos, fueron descuidados durante más de una década. Esto sucedió con la seguridad, la infraestructura, el sistema de transporte, etc.

Recuperar la senda no es fácil desde ningún punto de vista. Eso requiere de tiempo, de recursos, de incomodidad, de paciencia. Pero si estas cualidades son difíciles de tenerse en el plano individual, mucho más cuando los temas son colectivos, impersonales.

Esto se debe a que, en el fondo, los seres humanos tendemos a evadir, sin importar el costo, nuestras responsabilidades. Todo lo que estamos viviendo en la actualidad en Bogotá, se debe a que las mayorías eligieron de manera sistemática a personas que eran incapaces –y peligrosas– de tener el poder. Hoy tendríamos no solo que aceptarlo, sino asumir las consecuencias. Pero es más fácil culpar a quién está en el poder y volver a la ilusión populista. Es cierto: la regla de decisión por mayorías es un problema, pero eso es tema de otra discusión.

Mejorar una sociedad es costoso, lento, la mayoría de veces imperceptible en el corto plazo y es resultado de decisiones no deliberadas ni conscientes, sino descentralizadas, individualizadas y hasta por accidente. Al contrario, de manera que podríamos considerar injusta y hasta cruel, aunque ante la que no podemos hacer nada, causar daños es muy rápido y muy difícil de solucionar.

Aceptar, reconocer y entender esto puede ser muy complejo en el plano individual, pero en el social se hace casi imposible debido a que es fácil no asignar responsabilidades y difundir los costos. Pareciera que nadie paga. Pero, cuando menos nos damos cuenta, todos asumimos no solo los costos iniciales, sino todas las consecuencias indeseables que no se pueden anticipar. Infortunadamente hacia esa peligrosa tendencia parecen volver los ciudadanos de Bogotá.

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