En la televisión argentina, un hombre y una mujer ya no pueden discutir de igual a igual: es violencia y está prohibido. (Fotomontaje PanAm Post)

Cuando John Stuart Mill escribió en 1869 The Subjection of Women era considerado un “bicho raro”. Desde su escaño en el parlamento, el autor ya había pedido en varias oportunidades la igualdad en relación al derecho del voto, muchas veces generando la carcajada de sus colegas legisladores. El mundo de entonces no era el de hoy. Las discusiones importantes se daban entre varones exclusivamente. Las mujeres estaban limitadas muchas veces a cuestiones hogareñas, sexuales y reproductivas. En las familias más abiertas las esposas eran nobles compañeras de maridos comprensivos y amorosos, pero el sello cultural era claro: la mujer, ama de casa, si bien no tenía las preocupaciones de hoy donde trabajan a la par del hombre, el precio que pagaba era la falta de libertad de no poder planificar su propia vida. Los derechos políticos directamente las hacían ciudadanas de segunda.

La economía de mercado y la sociedad abierta equipararon las aguas. La explosión de este modelo durante el Siglo XX permite comprobar que no se trató de una simple evolución del ser humano. En el mundo comunista, iniciado en 1917, aunque las “camaradas” tenían supuestamente los mismos derechos que los hombres, el socialismo las continuó postergando social, política y culturalmente de facto. Mientras que en el mundo libre “el sexo débil” dejaba de serlo, con mujeres se ganaban sus lugares y superaban a los hombres a diario, en la Unión Soviética y sus satélites ellas ocupaban roles secundarios y terciarios.

Aunque en la actualidad se han conseguido mejoras indiscutibles, el mundo de hoy dista de ser un lecho de rosas para muchas mujeres. No son excepcionales los casos de violencia, acoso y postergación, que lamentablemente, a pesar de ser cuestiones particulares y no generales, son demasiados para una sociedad que pretenda mínimos niveles de dignidad y civilidad.

Pero en lugar de trabajar fuertemente en estas cuestiones, el feminismo ha optado por otra agenda diferente. La discriminación positiva, el socialismo, la causa del aborto, la violencia y el rechazo hacia el varón y la impunidad absoluta para la mujer. Algo que no comparten ni la mayoría de las mujeres, que ocupadas en sus vidas personales, no tienen la resonancia de los grupos que se abogan una representación que no tienen. Para estos grupos, que lograron posicionar su agenda en los medios de comunicación, a una mujer no se le puede discutir de igual a igual. Eso es agresión y es inaceptable.

Hace algunas horas, el economista Javier Milei se volvió a cruzar con la modelo Sol Pérez en la pantalla televisiva y todo terminó de la peor manera. El referente libertario la increpó duramente, pero con una verdad inapelable: Pérez, otra vez, no tenía ni la más pálida idea de lo que estaba hablando. Las lágrimas de la modelo, producto de la discusión y en nada relacionadas con ningún ataque “de género”, hicieron que, amablemente, invitaran a Milei a retirarse del estudio.

Pero esta cuestión, lógicamente, nada tiene que ver con el sexo de las dos personas en cuestión. En innumerables oportunidades, personajes como como Margaret Tatcher o Ayn Rand dejaron sin argumentos a muchísimos hombres en discusiones públicas. No se trata de hombres y mujeres, sino de ideas acertadas y equivocadas. Pero lamentablemente, en la actualidad parece que los debates pueden ser entre hombres o entre mujeres. Para los medios de comunicación más importantes de Argentina, es claro que un varón ya no puede discutirle de igual a igual a una mujer. Es agresión y está prohibido.

Es decir, retrocedimos. El debate ya no es posible, no por subestimación o discriminación legal, sino por la falsa idea de que mantener una acalorada discusión con una mujer es someterla o agredirla. Además del sinsentido de todo esto, sin dudas que se trata también de una cuestión peligrosa. Como estas reglas de lo políticamente correcto imperan en los medios, pero no tanto “en la calle”, varias personas comienzan a subestimar la verdadera problemática que sufren muchas mujeres. Lo peor que podría suceder es que estas sobreactuaciones y conflictos lleven a poner en duda la existencia de situaciones inaceptables, las verdaderas cuestiones que hay que seguir visibilizando.

Discutir de igual a igual con una mujer, incluso acalorada y apasionadamente, no es agredirla. Es respetarla y considerarla una igual, con las mismas capacidades y posibilidades intelectuales. La agresión y la violencia es otra cosa muy distinta. Y no tener en claro lo que sí lo es, no hace otra cosa que quitar el foco sobre las cuestiones que sí merecen ser solucionadas con urgencia.

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